lunes, 26 de junio de 2017

POTOSÍ

Potosí: palabra quechua que adoptó el castellano para nombrar las fortunas impensables. 
Potosí: la montaña boliviana de la que los hombres llevan extrayendo plata y estaño desde hace quinientos años. 
Potosí: el paraíso de los tesoros fabulosos. 
Potosí: el departamento más pobre del país más pobre de Sudamérica. 

Cuando quieren protestar contra algo que desconocen, los mayores a menudo recurren al clásico "esto antes no pasaba, en mis tiempos se vivía mejor". Es una muletilla casi siempre mentirosa, ya se sabe que la memoria descarta y embellece los recuerdos a capricho de nuestros vaivenes melancólicos. Sin embargo, en boca de un minero boliviano que hubiera oído hablar de la situación de la minería antes de 1985, sería una verdad incontestable.

Antes, en Bolivia, los mineros sí que vivían mejor. Podían afiliarse a sindicatos, trabajaban con contrato y seguro de accidentes, disponían de maquinaria y sus hijos iban a la escuela. Apenas había menores en las minas. Hoy, el Cepromin (Centro de Promoción Minera), calcula que son unos 13.000 los menores de 18 años que bajan a las minas para contribuir a la economía familiar. Por supuesto, sin contrato, sin maquinaria, sin medidas de seguridad y, a menudo, sin saber ni siquiera para quién están trabajando en realidad. Se acabó la conciencia social. Se acabó la resistencia obrera frente a la explotación y los intentos de las empresas privadas de esclavizar a sus trabajadores. Se acabó pensar en seguir respirando con pulmones sanos. Hoy en día, desde 1985, los mineros que empiezan a los doce años probablemente no cumplirán los treinta y cinco. 

Pero, ¿qué pasó en 1985? Que el gobierno boliviano privatizó la explotación de las minas para hacer frente a los pagos de la deuda externa, medida que satisfizo a Estados Unidos y los mercados, y llevó a los bolivianos a la miseria. Pero para llegar a este punto hay que saber qué había pasado antes en el país. Tras haber sido una sierva fiel del capitalismo más feroz a lo largo de la primera mitad del siglo XX, en 1951 Bolivia nacionalizó las minas e inició un proceso modernizador (sufragio universal, derechos laborales, sanidad y educación públicas), saboteado años después por Estados Unidos y su fobia a cualquier avance social que su paranoia pudiera asociar con el comunismo. El país pasó de dictadura en dictadura, apoyadas por la CIA dentro de la Operación Cóndor, y entre diversos asesinos hubo sitio hasta para un nazi famoso, Klaus Barbie, el llamado "carnicero de Lyon", que coordinó grupos paramilitares de extrema derecha y desarrolló sus gustos sangrientos torturando y desapareciendo a presos políticos. 

En los años 70, Estados Unidos concedió préstamos millonarios a los dictadores bolivianos "porque eran socios en la lucha contra el comunismo y porque aprobaban leyes ventajosas para las multinacionales del petróleo y el gas". La deuda del país se multiplicó por diez, pero mientras duraron las dictaduras los norteamericanos no exigieron ninguna devolución. Cuando volvió la democracia en los años 80 y la supuesta amenaza comunista empezó a disiparse, Estados Unidos vendió 30.000 toneladas de estaño, materia prima esencial para la economía boliviana, lo cual hundió su precio en los mercados y Bolivia se quedó sin ingresos. Y fue entonces cuando los acreedores estadounidenses reclamaron la devolución de la deuda boliviana. Pero como Bolivia no podía pagar ni siquiera los intereses de dicha deuda, Estados Unidos obligó al país a privatizar todos sus recursos y a recortar en todo lo público. Dictaduras. Deudas. Y miseria. He aquí el legado estadounidense en buena parte de los países de Latinoamérica. 

El resultado es que los principales sectores económicos de Bolivia fueron vendidos a precios ridículos, con evasiones y fraudes en un "espectáculo de estafas, corrupciones y pelotazos". Y Bolivia siguió estancada en su papel de país sin infraestructuras, sin inversiones y sin industria. "Sin ninguna capacidad para defenderse de los especuladores internacionales que juegan con las materias primas y hunden países, con poca o mucha intención, sin ninguna preocupación". 

"Gobiernos y agentes de bolsa especulan con las materias primas; en ese juego arruinan a países subdesarrollados; esos países aceptan las ayudas internacionales y sus condiciones para salvarse; por ejemplo, renuncian a intervenir en las relaciones entre las empresas y los trabajadores, renuncian a cualquier vigilancia, y así, al final de la cadena, una niña de doce años entra a trabajar en la mina". 

Ander Izagirre, que ya me entusiasmó el año pasado con Cansasuelos, un relato encantador sobre un viaje a pie por los Apeninos, ha escrito un libro que encierra muchas historias. Historias de avaricia, en las que los magnates mineros se enriquecieron hasta límites obscenos a base de evadir impuestos y controlar a los gobiernos mientras Bolivia se moría de hambre. Historias de desprecio, en las que Estados Unidos destrozó la vida de millones de personas que consideraba prescindibles abusando de su poder para satisfacer sus intereses políticos y económicos. Y también historias de coraje, como la de Alicia, una adolescente minera a la que le duelen los riñones de bajar todos los días a la mina y se preocupa por que la puedan violar y se ve forzada a pagar una deuda que no es suya pero aun así sigue yendo a clase por las tardes y se convierte en presidenta de una asociación de menores mineros y obtiene una beca para estudiar y poder respirar aire limpio y comer comida saludable y quizá, un día, dejar de bajar a la mina y olvidarse, quizá, un día, del dolor de riñones. 



jueves, 22 de junio de 2017

ANTES ESTABA EL MAR

La editorial Barbara Fiore nos tiene ya acostumbrados a su buen hacer con la elección de libros bellos que son un placer para la vista y un incentivo para la imaginación.

En este caso ha elegido esta obra de Éleonore Douspis, una pequeña joya de bellísimas ilustraciones que cuenta la historia de las carencias experimentadas por un niño que vive cerca del mar. De forma alegórica representa a tantos millones de niños en el mundo que, por diversas causas, se ven obligados a abandonar su hogar y sus pueblos y el desamparo se vuelve su forma de vida. 

El protagonista y su amiga Oumy disfrutan de sus juegos al borde de un mar tranquilo y cristalino hasta que algo terrible sucede y todo cambia, ya no está el mar, ni los juegos, ni su amiga, ni su familia... Está solo y no le queda más remedio que reconstruirse.

Las ilustraciones bellísimas de este libro nos van relatando sus sentimientos, primero la felicidad al lado de su amiga y luego el sufrimiento y la inseguridad por la falta de su familia,  hasta que al final consigue escapar del papel en un apogeo de solapas que nos descubren el itinerario por mundos oníricos y reales que transitan tantos millones de personas en el mundo.


lunes, 19 de junio de 2017

TIERRA DE CAMPOS

Hace muchos años, un profesor de piano me dijo: te escucho tocar y no sé quién eres. No es algo necesariamente malo, me explicó. Mira Pollini, por ejemplo, tampoco sé quién es. O Rubinstein. Y son magníficos. Pero esa impenetrabilidad tuya hace que tengas que ser muy bueno para que no se note. El reproche, claro está, iba implícito, metido a cuchillo en mi inseguridad con aquella sonrisa suya socarrona con la que nos enamoraba y nos sacaba de quicio a partes iguales. Por supuesto, nunca fui lo suficientemente bueno como para eludir un hándicap como ese. ¿Quién soy yo tocando? ¿Puede definirse alguien a través de la música que toca? Después de muchos años de darle vueltas y de quitarme y ponerme diversas máscaras, creo que aquel profesor no se refería a mi falta de personalidad musical, signifique lo que signifique eso, sino más bien a que por aquel entonces no se reconocía en mi forma de tocar. No lograba meter sus emociones en mi música. Mi música era una casa cerrada para él, y por más que llamaba, la puerta nunca se abría. Me lo dijo en un par de ocasiones y, ante mi gesto desolado, se apresuraba a consolarme: no es nada malo, tocas muy bien, y vas a tocar mucho mejor, tu casa es muy bonita y da gusto verla por fuera, ahora tienes que pensar en cómo vas a abrirle la puerta a tus invitados.

Me he acordado de esta anécdota al leer Tierra de campos, el último libro de David Trueba. Al igual que ciertas canciones o ciertos paisajes, es un libro en el que me gustaría vivir. Una casa abierta y acogedora, llena de lugares cálidos y reconocibles, con esa poderosa sugestión que tienen los enamoramientos, cuyo desfile de novedades y extrañezas, en vez de alejarte, te acerca siempre más a ti mismo. Lo he leído con una sonrisa casi permanente. Sonrisa burlona, divertida y sentimental. Y mientras iba apuntando frases, de vez en cuando cerraba el libro y me quedaba mirando por la ventana, alelado, persiguiendo conceptos, metáforas e ilusiones, como si fueran cometas de colores que sólo volaran para mí. 

Tierra de campos es un homenaje dulce e irónico a unos padres que, como la inmensa mayoría de su generación, fueron educados en el pudor y la represión emocional, cariñosos en el gesto pero nunca en la palabra, incapaces de arrebatos, de euforias o de compartir las heridas de la memoria, y, sin embargo, poseedores de unos valores férreos e insobornables, anclados a una honestidad sin fisuras. También es un homenaje a los laberintos del amor, por los que el protagonista se interna atropelladamente en su huida de la soledad, y de los que nunca logra salir por más que consiga eludir los rencores y el odio, esos vicios de la posesión que siempre acaban en amargura. Por supuesto, es un homenaje a la vida del músico, siempre hacia delante, siempre pensando en el siguiente concierto, la siguiente canción, la siguiente borrachera, en busca del movimiento perpetuo, de la conquista de lo efímero, del vuelo, de la ingravidez. Pero, sobre todo, es un homenaje a la amistad. 

Se nota un cariño abrumador en el retrato de los amigos del protagonista. Gus, arrollador y ambiguo, viviendo en un permanente estado de euforia desde su elegancia excéntrica, y Animal, bruto e impulsivo, gobernándolos a los tres desde la batería a base de fidelidad y cervezas. Entre los tres, con apariciones esporádicas de otros músicos amigos, convierten su oficio en el arte de vivir en el aire, en ese instante durante un salto en el que los pies no tocan el sueño y todo puede pasar. "Lo contrario a un museo, donde todo está ordenado y datado, donde el tiempo se ha posado". Luchan contra la pesadez, contra la tierra, las raíces, las fotos fijas, lo definitivo, lo incuestionable, lo irrefutable, sin darse cuenta, quizá, de que el exceso de vida es un camino que a veces pasa muy cerca de la muerte. 

Escribir sobre música es muy difícil. ¿Cómo se describe un sonido sin abusar de las metáforas? No sé cómo lo hace, pero David Trueba lo consigue. Y se pasa más de medio libro consiguiéndolo, haciendo que escuche la música de estos tres amigos con nitidez, impresionado por no necesitar apenas referentes ni comparaciones para saber exactamente cómo suenan las canciones que describe. Y vuelvo a casa después del trabajo tarareando mis versiones de esa "música herida y sarcástica, de un humor desesperado", con instrumentos de viento que parecen sacados de una película de Kusturica y una ligereza que hace que cualquier dramatismo sea siempre relativo y volátil. 

Ligereza. Sí, es un libro ligero. Aun cuando habla de lo que nos perturba, del desasosiego de no lograr calmar nunca el hambre, a pesar del éxito, del amor, del sexo, de los amigos, del triunfo de la vida. Ligereza al describir la pérdida de la inocencia y cómo el espacio que deja la ingenuidad puede ser sustituido por la delicadeza. Ligereza al subrayar la importancia del pasado, de esa obsesión por dejar, a través del arte, una huella que nos sobreviva. El pasado como refugio, como surtidor de expectativas. Pero también, como mentira. Porque el pasado, al fin y al cabo, no existe. Es aquel portal umbrío de tu primer beso convertido hoy en una inhóspita oficina bancaria. Poco más que una historia, una ficción que va perdiendo su soporte material cada día que pasa.

Si al mirar no eres capaz de inventar lo que estás viendo, ¿para qué mirar, entonces? 
Si al cantar no estás tendiendo la mano a quien te escucha para que se venga contigo a tu emoción, ¿para qué cantar, entonces?
Con los años, siempre procuré hacer caso a mi profesor de piano. Si conseguí abrir la puerta de mi música y hacer que la gente se quedara un ratito a escucharme desde dentro fue sobre todo gracias a libros como éste: casas magníficas y acogedoras cuya puerta siempre he encontrado abierta.


jueves, 15 de junio de 2017

MÁS ALLÁ DEL INVIERNO

Encontrarme de nuevo con un libro de Isabel Allende despierta en mí resonancias antiguas. Su Casa de los espíritus coincidió en el tiempo con la llegada al mundo de mi hijo, en 1982, momento en el que yo acababa de vivir experiencias muy intensas en un país latinoamericano. Aquella carta al abuelo, llena de realismo mágico, como se llamó entonces, me impresionó, me pareció brillante y cuando salió su segundo libro, De amor y sombra, me sumergí en él. Los dos trataban el tema de la dictadura chilena y la defensa de los derechos humanos, especialmente los de las mujeres. Un tema para mí apasionante. El tercer libro que leí de Isabel fue Paula, un homenaje a su hija recién muerta, autobiográfico y también en forma de cartas, que me conquistó y me llevó a su universo, en el que siempre he encontrado el toque de humor que da a sus relatos, aun en su faceta más dramática, con una cercanía que te hace sentir partícipe de la historia.

Luego vinieron muchos títulos más que, en mi opinión, nunca llegaron al nivel de los tres que he comentado. Y ahí fui dejando de ser su lectora constante. El penúltimo, El amante japonés, me descubrió un episodio de la historia de Estados Unidos que creo que no ha sido debidamente divulgado: la injusta represalia que sufrieron los japoneses residentes en Estados Unidos y su internación en campos de concentración tras el ataque a Pearl Harbour en 1941. 

Como editora y librera he sido muy consciente de las críticas que ha recibido de voces del mundo intelectual y comprendo algunos de sus argumentos, pero tengo que decir en su favor que sus libros tienen siempre tramas interesantes y temas comprometidos y que si su literatura no es lírica, su sencillez directa para contar es de una enorme amenidad que te engancha desde la primera línea.

En Más allá del invierno, recrea el tema de los refugiados, en este caso una muchachita guatemalteca que ha sufrido lo indecible a causa de las maras violentas en las que se refugió el mayor de sus hermanos. Como siempre, la violencia masculina acaba impregnando los episodios más dramáticos en la vida de las familias pobres, abandonadas con tanta frecuencia por el padre. También denuncia la política que Trump está llevando contra los refugiados y recuerda un hecho que a mí se me había olvidado. En los años 80 se creó el Sanctuary Movement en Estados Unidos, un movimiento compuesto por miles de abogados, estudiantes y activistas que se pusieron de acuerdo para ayudar a los refugiados que en la época de Reagan eran tratados como delincuentes y deportados. Ojalá salga un movimiento parecido ahora.

El trayecto desde Guatemala hasta Estados Unidos pasando por México, con la continua amenaza de los Zetas o los coyotes desalmados que se lucran con la desesperación de los refugiados, está descrito con minucioso detalle. Una vez conseguido el paso a Estados Unidos los problemas no se acaban. Aparecen traficantes de personas con testaferros, que nos recuerdan los casos de corrupción que hoy tenemos en España como el de Ignacio González, o descendientes de personajes turbios que en muchas ocasiones habían escapado de la cárcel y su refugio fue América, como los antepasados alemanes de Trump.

He querido rescatar esta conferencia magistral que Isabel dio en Estados Unidos el 14 de mayo del 2013, un monólogo chispeante y lleno de humor, que denuncia realidades importantes que no han cambiado a pesar de los cuatro años transcurridos.


lunes, 12 de junio de 2017

NOS VEMOS ALLÁ ARRIBA (cómic)

Así que así se hace. Uno se enamora de una novela. La piensa, la vive, la saborea. La lleva en su cabeza como una canción de amor, en su piel como el perfume de una amante. Uno llora con la tragedia del herido y se compadece de los dilemas morales de su compañero. Uno va andando por la calle, ve un cementerio y siente de pronto una furia incandescente revolverse en sus tripas. O se topa con una tienda de disfraces y una máscara de arlequín hace que le recorra la flecha de un escalofrío por la espalda. Uno se enamora de una novela y, como sabe dibujar, empieza a sentir un cosquilleo en la punta de los dedos. Las emociones se transforman en colores, la furia es morada y el amor verde, y en cuanto llega a casa se pone a dibujar como un poseso. Horas y horas. La canción de amor y el perfume de la amante ahí, plasmados sobre el blanco. La tragedia y los dilemas en dos cuerpos enlazados, en unos labios suplicantes. Así se hace. Uno se enamora de una novela y devuelve ese amor convertido en esta obra de arte. 

Este cómic es una adaptación gráfica de la novela de Pierre Lemaitre Nos vemos allá arriba, Premio Goncourt 2013. Sus protagonistas, Édouard y Albert, deberían haber muerto en la guerra. Habría sido lo más conveniente para sus superiores y para los gobernantes de la paz de los años veinte, incapaces todos de compensar por su sufrimiento a las decenas de miles de heridos que volvieron deshechos de una guerra espantosa y absurda. Estos dos despojos de la paz, unidos por una amistad compleja y profunda, protagonizan una de las historias de venganza más contundentes e impactantes que he leído nunca y muestran cómo del sufrimiento y la compasión pueden salir las ideas más creativas. Y las más desesperadas. 

Las adaptaciones al cómic de obras literarias saben a menudo a sucedáneo. Conocemos el texto, sabemos de su fuerza, y es difícil que una imagen potencie la historia conocida sin traicionar su esencia o sin entrar en conflicto con la idea que nos habíamos hecho de los personajes y su contexto. Esta adaptación de Christian de Metter no se parece a ninguna otra. Es potentísima, discreta, concisa y tiene una fuerza expresiva que quita el aliento. Sólo me explico un éxito así desde el amor. Desde la devoción absoluta del dibujante por una historia que le ha atrapado tanto que sólo puede deshacerse de ella creándola de nuevo, sacándola a golpe de color desde sus sueños y obsesiones. 

Gracias, Christian de Metter, por convertir tu pasión en esta obra de arte. 


jueves, 8 de junio de 2017

LO QUE OLVIDAMOS

Despacio. He leído este libro muy despacio, saboreando cada capítulo como un dulce secreto e íntimo. En ratitos robados a la librería o a la preparación de una cena ligera, en la cama antes de dormir o en el sillón poco después de despertar, esta historia me ha llevado a lugares dentro de mí mismo donde nunca había estado. Un jardín de una residencia, el sol sobre las flores, las manos de una madre recogidas en el cuenco de las manos de su hija, las palabras de una hija que recoge en su memoria los recuerdos fugitivos de una madre que está dejando de saber quién es. Lugares transidos de belleza, de un dolor tamizado por la melancolía y la ternura, que desde ahora, y para siempre, han pasado a pertenecerme. 

Es un proceso conocido. Incluso para quienes no lo han vivido nunca de cerca. Poco a poco, con cada lapsus, cada excentricidad, cada negación de la realidad, la persona querida se va alejando, va perdiendo aquello que la definía como madre, como sostén, como ser humano dentro de una familia y de una sociedad. "Está aquí y al mismo tiempo está ausente, extraviada en un laberinto interior que nos resulta inaccesible". Un laberinto en el que, pese a su inaccesibilidad, la narradora de esta novela decide internarse para no soltarle la mano a su madre, para tratar de estar a su lado en todos los tropiezos, en todas las lagunas de su mente desmemoriada. 

Al vaciar la casa materna, aparecen multitud de objetos antiguos que despiertan recuerdos. Recordar la infancia ahora cobra otro sentido. Otra responsabilidad. Cuando somos los únicos depositarios de ciertas historias, estas ganan peso y valor, y nos definen a través de las personas que las habían guardado antes que nosotros en su memoria. Recordar se convierte ahora en un acto de amor. En algo que se hace con mimo, con cariño, por amor a aquella que ya no puede recordar nada. 

Estamos acostumbrados a relacionarnos con los demás en base a una serie de normas lógicas de comportamiento. Contamos con que nuestra forma de percibir la realidad es compartida por la mayoría y así amamos, nos comunicamos, debatimos y nos movemos con más o menos soltura en nuestra sociedad. Cuando alguien deja de percibir la realidad como el resto, trata de protegerse. El mundo se vuelve hostil. Un tenedor ya no es un tenedor, es un trozo metálico con púas afiladas con propósitos incomprensibles. Trata de protegerse y sus actos se vuelven impredecibles. Y todos los intentos de traerle de vuelta resultan vanos, no se puede dar marcha atrás en su lento alejamiento de la realidad. No se le puede retener en la razón, sólo se le puede acompañar sin tratar de buscar su nueva lógica. Sin tratar de encontrar un nuevo lugar en su mente donde poder descansar. Cuando ya no se reconoce a la familia, cuando el propio hogar se olvida, cualquier lugar, cualquier caricia pueden ser "mi casa". 

El futuro no existe. El presente se renueva todos los días, de formas extravagantes o aterradoras. El pasado ha dejado de existir. ¿Cómo "hacer planes que no se van a recordar, para un tiempo que no se puede prever"? Cada día es nuevo, cada día se estrena el mundo. Aunque sea un mundo cada vez menos sólido, en perpetuo proceso de desmoronamiento. Cada día la ropa de siempre parece nueva y se recibe con la ilusión de un regalo. Hay un sentimiento de inocencia, de brillo infantil en los ojos, que se entusiasman por la posibilidad de estrenar cada día las cosas usadas de este mundo. Es una inocencia recobrada, propia de los niños. Sin embargo, los niños van de la inocencia hacia el conocimiento. Y ella, de la inocencia hacia el olvido. 

Somos memoria. Los recuerdos nos permiten ser cariñosos (porque reconocemos los vínculos que nos unen con los seres queridos), rencorosos (porque recordamos las posibles ofensas) o ambiciosos (porque sabemos lo que hemos tenido y queremos más). Sin memoria no sabríamos amar, no tendríamos nunca nada que perder, no sufriríamos celos ni amargura. Sin memoria no sentiríamos orgullo ni pasión ni rebeldía. Toda emoción duradera está asociada a nuestra capacidad de recordar. Somos el resultado de la relación que hemos establecido con nuestros recuerdos, los pactos que hemos firmado con nuestra memoria. Somos lo que somos porque recordamos. 

El proceso mediante el que una persona va perdiendo la memoria hasta perder su humanidad es lento. Duele ser testigo de esa degradación, de sus etapas. Ver cómo la persona amada va perdiendo capas de personalidad, de reflejos, de carácter, de destrezas, hasta quedarse en un frágil andamio que a duras penas sostiene a un ser humano, un pequeño ser vulnerable, desposeído de sí mismo, irreconocible. Sin embargo, no hay dolor en esta novela. Hay compasión. Hay sobriedad. Hay delicadeza. Y la he leído ensimismado y emocionado, con la sonrisa triste de estar asistiendo a un drama aceptado, contado con la serenidad de la tristeza asumida, perdido en la ternura del laberinto de esta madre desmemoriada y esta hija llevándola de flor en flor por el pequeño jardín de su residencia, haciendo lo mismo que su madre hacía con ella de niña, mostrándole el nombre de las cosas, no ya para darle palabras con las que afrontar la vida, sino para que pueda deslizarse hacia la muerte con algún fleco de memoria.




lunes, 5 de junio de 2017

ANTITAUROMAQUIA

Hay en la denuncia de la violencia algo tan de sentido común que a veces da hasta un poco de vergüenza enarbolar ciertos argumentos. No le patees la espalda al manifestante, no envenenes al perro del vecino, no le claves banderillas a un toro. Ante una escena de violencia cotidiana, por ejemplo, un padre pegándole en el culo a su hijo pequeño tras una trastada (en la librería lo he contemplado muchas veces), me invade una mezcla de estupefacción y cabreo. ¿No hay mejores formas de educar que a base de dolor? ¿De verdad crees que tu hijo no entiende otro lenguaje que el del castigo físico? 

Creo que la única forma válida de combatir la violencia es desde las palabras. No sé por qué una persona golpea a otra o tortura a un animal. Pero sé que cuando eso pasa, generalmente es un fracaso del lenguaje. Una palabra que falta. Algo que, de poder nombrarlo, contendría el golpe. Si eres capaz de encontrar una definición lingüística para tu rabia, probablemente sabrás que descargar el puño sobre otro ser vivo no va a aliviarla. La violencia física es el triunfo de la rabia sobre el lenguaje. Y la mejor forma de erradicarla es, precisamente, atacarla con palabras. 

Esto es lo que ha hecho Manuel Vicent, con la poderosa colaboración de las ilustraciones de El Roto, en este libro contra la tauromaquia. El espectáculo de torturar un toro hasta matarlo para el gozo y disfrute de miles de personas me parece sencillamente incomprensible. Es rabia convertida en sadismo, destilada tras siglos de tradición rancia, ignorante y salvaje y convertida en liturgia de la tortura y de la muerte. Y este libro es un perfecto antídoto para tratar de luchar contra la falta de respeto y la asombrosa ignorancia de los que siguen defendiendo que las corridas de toros son cultura. 

Nunca he visto una corrida de toros entera. Creo que de niño estuve delante de una en la tele durante un rato largo. No entendí nada. Me pareció aburridísimo. De adulto he aguantado sin cambiar de canal, como mucho, cinco minutos, como cualquier persona sensible que entienda el significado de la palabra tortura. Y siempre he pensado, al igual que Manuel Vicent, que entre los seres que participan en esa orgía de sangre y sadismo, "la única mirada inteligente, compasiva y humana es la del animal".