lunes, 19 de febrero de 2018

MUJERES Y PODER

Hace unos meses, la directora de un colegio de nuestro pueblo fue expedientada y expulsada del centro por no haber tomado medidas ante un supuesto caso de acoso escolar. Hace dos años, el director de otro colegio cercano sufrió un aluvión de quejas por varios casos de supuesto acoso que afectaban a alumnos y profesores, y a día de hoy sigue en su puesto. Lo curioso de los dos casos es que son prácticamente iguales, y mientras que las críticas vertidas contra la directora fueron furibundas y exigían su cese inmediato, las dirigidas contra el director se limitaban a pedir explicaciones e información para poder establecer un protocolo de actuación. Una reprimenda y otra oportunidad para él. La expulsión y el escándalo para ella. 

En este breve ensayo, Mary Beard cuenta una anécdota parecida sobre un debate político reciente en Inglaterra entre la laborista Diane Abbott y el conservador Boris Johnson. Ambos políticos metieron la pata demostrando su ignorancia sobre temas cruciales de la sociedad inglesa, ante lo que el público reaccionó con un doble rasero: él recibió el claro mensaje de que debería hacerlo mejor la próxima vez, mientras que los insultos dirigidos a ella ("gorda idiota", "pedazo de cretina") tenían como objetivo precisamente que no hubiera una próxima vez. En definitiva, "si una mujer se adentra en territorio tradicionalmente masculino, el ataque llega indefectiblemente, y lo que lo provoca no es lo que se dice, sino el simple hecho de decirlo". 

Ejemplos como estos suceden a diario en todo el mundo. Las mujeres tienen muchas más dificultades que los hombres para acceder a puestos de poder (ya sea en empresas, en instituciones o en política), y una vez que los ostentan, se les exige mucho más para permanecer en ellos. La última campaña electoral estadounidense fue una buena prueba de ello. La imagen de Donald Trump degollando a Hillary Clinton como si fuera Perseo con la medusa fue reproducida en camisetas, posters y pins en todo el país, mientras que la humorista que presentó en un programa de televisión una falsa cabeza cortada de Trump terminó perdiendo su trabajo. La imagen de un hombre decapitando a una mujer es mucho más aceptable para la sociedad que la de una mujer decapitando a un hombre. Lo mismo pasa con los linchamientos virtuales en redes sociales: es mucho más fácil linchar a una mujer. Esta actitud parece demostrar que, al fin y al cabo, ese no es su verdadero lugar. Puede que estén en el poder. Pero están de paso. Deben demostrar todos los días su valía porque, en el fondo, en nuestra sociedad una mujer en el poder es aún una extranjera que no tiene derecho a equivocarse. 

"¿Cómo hemos aprendido a mirar a las mujeres que ejercen el poder o que tratan de ejercerlo? ¿Cuál es el sustrato cultural que alimenta la misoginia en la política o en los puestos de trabajo y cuáles son sus formas? ¿Cómo y por qué excluyen a las mujeres las definiciones convencionales de "poder" que llevamos a cuestas?"

Estas son las preguntas fundamentales que Mary Beard responde en este libro, utilizando como inspiración la cultura clásica, de la que es una de las mejores especialistas hoy en día. Nuestra forma de entender el poder, la ciudadanía, la responsabilidad civil y la violencia política es heredera directa de aquella civilización, y eso explica que nos cueste percibir la voz de las mujeres como voz de autoridad. En la antigua Roma las mujeres no podían participar en el discurso político por la simple razón de que este era un atributo de la virilidad. Un hombre era un hombre porque hablaba en público. Las mujeres sólo podían manifestarse en la esfera privada, que era el ámbito que las definía. "Por consiguiente, una mujer que hablase en público no era, en la mayoría de los casos y por definición, una mujer". 

La mitología clásica, el cristianismo y la cultura occidental en general han insistido siempre que el deber ineludible de los hombres es salvar a la civilización del gobierno de las mujeres. Estas actitudes y prejuicios llevan milenios arraigados en nuestra cultura y en nuestro lenguaje, y salen a la luz, cada vez con más frecuencia a medida que más mujeres van accediendo a las esferas de poder. Mary Beard es catedrática de Clásicas en Cambridge y una de las más reconocidas historiadoras del mundo en su campo. En el primer capítulo de este libro menciona una anécdota de la Odisea en la que el joven Telémaco manda callar a su madre porque su voz, la voz de una mujer, no debe ser escuchada en público. Por supuesto, es imposible encontrar todas las causas del machismo actual en la historia de Grecia y Roma. Pero desgraciadamente, sigue habiendo infinidad de Telémacos reprimiendo la voz de las mujeres y ya es hora de que ese desprecio milenario empiece a pasar a la historia. 



jueves, 15 de febrero de 2018

UN AMOR

Este nuevo libro de Alejandro Palomas, Premio Nadal 2018, me ha hecho sentir como de vuelta a casa, a la casa de Amalia y a esa familia que tiene su epicentro en la madre, con sus excentricidades, su ternura, y sobre todo con ese AMOR a la familia que es el que da título a esta novela. La he leído casi de un tirón en siete horas de fin de semana, disfrutando de ese canto a los vínculos familiares que me ha hecho sonreír continuamente, reír con frecuencia y llorar en momentos emotivos.

Y es que los personajes son maravillosos: Amalia, la madre, alrededor de la que está orquestada toda la novela; Fer, su hijo, el narrador; Silvia, la hermana mayor, lady Bayeta, ansiosa, con una enfermiza obsesión por la limpieza; Emma, la bondad y la comprensión; su nueva pareja, Magalí, que se incorpora a la familia donde también tiene su lugar la tía Inés y la abuela Ester que, aunque ya no esté, deja sus frases lapidarias, como por ejemplo "no te esfuerces tanto por vivir, con flotar basta" o "primero la vida, después un amor" o "nuestra casa está donde no necesitamos mentir".

Es una historia que va creciendo, dejando pistas en el aire que no acaba de aclararnos hasta mucho después, creando una intriga que nos espolea a imaginar infinidad de posibilidades. Y, como siempre en los libros de Alejandro Palomas sobre Amalia, reinan el surrealismo y las salidas de tono de esa madre divertida que confunde empoderar por empotrar, utiliza la palabra transversal en cualquier circunstancia o tergiversa las desgracias que le ocurren transformándolas en cuentos de hadas.

Un nuevo personaje muy interesante es la rusa Oksana, que une a su inteligencia natural una brutalidad de campesina no exenta de sabiduría ancestral, cazando con redes murciélagos que convierte en exquisitas codornices y ofreciendo a Fer su complicidad.

Un libro para disfrutar de unas horas deliciosas que se hacen cortas.




lunes, 12 de febrero de 2018

BIENVENIDOS A OCCIDENTE

Nadia y Said viven en una ciudad sin nombre, en algún país de Oriente Próximo. Su historia de amor sería como cualquier otra historia de amor si no fuera por las bombas, los tiroteos y los toques de queda. Olas de refugiados hacen vibrar las calles y ya no se sienten seguros en ningún sitio. No quieren marcharse. No quieren. Incluso cuando la madre de Said muere por el impacto de una bala perdida, quieren quedarse. Esta es su ciudad. Su tierra. Aquí está su familia. Los restos de sus seres queridos. No quieren marcharse. 

Pero cuando llegan los militantes con sus barbas largas y sus leyes fanáticas, no les queda más opción que huir si quieren sobrevivir. Huir por el laberinto de puertas que conectan el mundo. Esas de las que oyeron hablar hace poco, extraños rumores sobre conexiones con lugares remotos, alejados de la trampa mortal en la que se ha convertido su hogar. Lugares remotos donde la ropa no es un símbolo de pertenencia o de opresión sino una simple forma de gustarse o de abrigarse. Lugares donde vivir y amar no exige jugarse la vida en cada calle, en cada control, en cada golpe en la puerta a las tres de la mañana. 

Me gusta esta novela breve (171 páginas) por muchos motivos. Me gusta porque la inmigración es un tema sobre el que siempre merece la pena escribir, leer y debatir. Siempre va a estar presente en nuestras vidas, de una forma u otra. Y para convivir en paz es necesario aprender a afrontar el miedo a lo desconocido con la mano y la sonrisa abierta, no con el puño cerrado y la espalda, que es como siguen reaccionando la mayoría de nuestros políticos y tantísimas personas en todo el mundo. 

Me gusta porque el lenguaje de Mohsin Hamid siempre sugiere más de lo que dice. Las frases parecen rondar a los personajes, las descripciones apenas los tocan, como un lápiz que delimitara sus contornos sombreando lo que está fuera de ellas, dejando a la imaginación la mayor parte de sus detalles. Me recuerda, quizá, a Kazuo Ishiguro por la sutileza, la calma y la elegancia en la fluidez de la prosa. Y me emociona la mezcla de serenidad y calidez a la hora de contar una historia de desarraigo impregnada de desasosiego e incertidumbre. 

Este libro es un lamento por la crueldad que mueve los actos de aquellos cuya ignorancia les hace temer a los diferentes y negarles sus derechos como seres humanos en situación de riesgo. 
También es una canción de consuelo por la perseverancia de todos los que deciden, contra todo pronóstico, apostarlo todo a que al final encontrarán una puerta abierta o una sonrisa que les salve. 
Y, sobre todo, es un grito de esperanza por los que se atreven a tender la mano de la hospitalidad una y otra vez sin esperar nada a cambio, porque sí, porque es lo correcto, porque les sale de las tripas, porque son humanamente incapaces de hacer otra cosa.


Mohsin Hamid


jueves, 8 de febrero de 2018

MIEDO

Al igual que el abrazo de P. o los canelones de mi madre, los libros de Stefan Zweig son casa. Hogares que se renuevan con cada visita. Y vuelvo a ellos con la alegría de zambullirme en un calor en el que me reconozco, y con la certeza de que siempre seré bienvenido. La editorial Acantilado lleva casi veinte años reeditando poco a poco toda la obra de Zweig. Y la emoción que siento al abrir la primera página de cada libro suyo se mantiene intacta con el paso del tiempo. Poco importan el tema, los personajes o el desarrollo de la historia, sé que mi querido Zweig me va a llevar siempre a un lugar del que volveré cambiado. 

"La saciedad puede ser tan estimulante como el hambre, y esa vida regalada, carente de peligros, despertó en ella la sed de aventuras". Ansiar lo que no se tiene. Y, al obtenerlo, pasar a ansiar otra cosa. Es un tema recurrente en la literatura universal. Y en la vida de cualquier persona, en realidad. ¿Por qué conformarme con uno si puedo tener dos? Algo así se plantea Irene, la protagonista de esta novela corta, una mujer felizmente casada y madre de dos hijos, cuando, más por curiosidad que por verdadera pasión, comienza una relación con un joven pianista. Nada de fuego, nada de ardor amoroso, nada de éxtasis trascendental, simplemente un estímulo más en su agenda, como las noches de ópera o las excursiones al campo con las amigas de la alta sociedad. Sin embargo, pronto su secreto será descubierto por una mujer enigmática que la someterá a un inflexible chantaje y convertirá sus días en una espiral de miedo. 

Es impresionante la descripción de ese miedo. Tras haber gozado de la sensación de libertad que le daba su aventura, esa "dulce efusión de la sangre" que insuflaba nuevo ímpetu en su anodina vida cotidiana, Irene se ve encerrada en una soledad atroz impuesta por el temor a ser descubierta y siente que esa mujer vulgar y vengativa la está llevando a un callejón sin salida. Su vida, aquella vida aburrida que ahora echa tanto de menos, parece sacada del pasado de otra persona, y se siente extraña en ella, incómoda, como embutida en un jersey mal cortado que no la deja moverse ni respirar. 

Miedo. En todas las épocas ha habido miedo. Miedo a perder tu trabajo, miedo a no llegar a fin de mes, miedo a no cumplir las expectativas de la gente a la que quieres. Miedo a decepcionar a los demás. A no estar a la altura. Al silencio. Al vacío. A la falta de aquello que uno necesita para vivir. Este libro es una indagación en las relaciones que mueven el mundo, en su importancia y su significado. Explora uno de estos miedos con pasión, elegancia y esa perspicacia emocional infatigable que tanto admiro en Stefan Zweig. Y, a pesar de que ha pasado casi un siglo desde su publicación, ese miedo sigue estando ahí, en las fachadas matrimoniales de tantas parejas, en la cantidad de mentiras que cuenta la gente para seguir siendo amada, respetada, aceptada, para seguir formando parte de una sociedad regida por convenciones que no saben nada de los sentimientos que hacen humanas a las personas: el deseo, la pasión, la libertad. 



lunes, 5 de febrero de 2018

NADA (firma invitada)

Carmen Laforet escribió Nada con veintitrés años. Sorprende y admira tremendamente pensar que la primera novela de un escritor sea tan perfecta. Admiración es lo que siento por esta obra de una escritora novel que supo ahondar en la psicología de los personajes y de la ciudad con esa calidad impecable. Y que logró una novela de estructura redonda que transmite a los lectores algo más que un argumento: la sensación angustiosa de una época.

Releo Nada por motivos laborales. Es una de las lecturas recomendadas para mi grupo de Bachillerato y me alegra saber que se adentrarán en el mundo gris y doloroso de la casa de la calle Aribau con sus personajes caricaturescos y a la vez verosímiles, de una verosimilitud que solo es posible alcanzar sabiendo que el libro se ambientó en los años siguientes a la Guerra Civil. Estoy contenta porque un grupo de jóvenes entre diecisiete y dieciocho años vivirán durante unos días o unas semanas la vida de Andrea y la vida de Ena, dos jóvenes de dieciocho años que parece que acaban de nacer a la verdadera vida. Sus vidas y también las del resto de personajes que en torno a ellas malviven en la miseria y la suciedad de una ciudad casi irreconocible para mí son tan diferentes a las que pueden vivir nuestros adolescentes, que el choque temporal les dejará la misma huella que en su día me dejó a mí esta novela.

Creo que la obra de Carmen Laforet, así como la de otras autoras contemporáneas suyas –Carmen Martín Gaite, Elena Fortún, Mercè Rodoreda– no solo tienen en común el periodo en que fueron escritas, sino una grisura en el tono que llega a conmover a quienes no vivimos en un periodo tan sombrío como la posguerra española. La obra de estas tres autoras comparte el tono y la psicología de los personajes femeninos marcados por su género y testigos de una violencia estructural a la que parece que habían llegado a resignarse.
Carmen Laforet

Existe una edición de Nada que incluye una separata con un informe del "censor" con la siguiente información sobre ella: "Novela insulsa, sin estilo ni valor literario alguno. Se reduce a describir cómo pasó un año en Barcelona en casa de sus tíos una chica universitaria. Sin peripecias de relieve. Creo que no hay inconveniente en su autorización". Este lector censor fue poco sensible al brillante uso del lenguaje de la autora, a las figuras literarias (especialmente metáforas, pero también sinestesias y otras imágenes muy sensoriales), al registro de los personajes y, sobre todo, no fue nada sensible al argumento, la transformación interior de Andrea, su emancipación y su lucha por la libertad en un ambiente marcadamente machista. Tampoco debió de parecerle una crítica de la sociedad a su censor el hecho de que la pobreza y el hambre, con sus consecuentes episodios de enfermedad en los personajes, aparezcan retratados con tanto realismo. Gracias a censores tan ciegos (o no) pudieron ver la luz en España obras que desde lecturas contemporáneas no entendemos cómo lo hicieron.

En fin, Nada es una novela de necesaria lectura y me arriesgaría a decir que también es de necesaria relectura, requiere pasar por las manos y la mente del lector en momentos diferentes de su vida para  que este comprenda mejor las pasiones o pulsiones que mueven a los personajes y para recrearse en una narrativa extraordinaria.


jueves, 1 de febrero de 2018

TRILOGÍA DEL MAR QUEBRADO

Hace unos días íbamos P. y yo leyendo en el tren, y en un momento dado levantó los ojos de su historia y me miró: cualquiera que te vea con ese libro... Había algo parecido a una burla cariñosa en su sonrisa. ¿Qué pasa con mi libro?, fingí ofenderme. Nada, nada. Que nadie diría que luego te pones con Aleksiévich o Zweig. 

Y tenía razón. La literatura fantástica es una religión. Tiene multitudes entregados a su causa, una causa que parece exigir exclusividad en sus devotos. No recuerdo a nadie mezclando en su compra a elfos con el último de Javier Marías (y es una pena, porque quizá podrían darle un poco de magia a sus frases interminables). La ciencia ficción es más porosa, pero la literatura fantástica es sorprendentemente hermética: o no la lees en absoluto, o no lees nada más. 

Me divirtió el comentario de P. en el tren. Verme desde fuera como uno de esos frikis que debajo del jersey llevan una camiseta de Juego de tronos y se pasan fines de semana enteros encerrados con los amiguetes y lo último de Warcraft. Vamos, lo que me pasé años haciendo en mi adolescencia hasta que llegó la realidad de este mundo y los mundos imaginarios fueron alejándose de mí con los últimos retazos de la infancia. 

Hacía muchísimo tiempo que no leía literatura fantástica. Y estos libros de Joe Abercrombie me han parecido fascinantes. Ya sólo por la descripción de cómo seis esclavos sobreviven durante un mes caminando por la nieve sin equipo y sin apenas comida, huyendo de una amenaza invisible, merece la pena la trilogía entera. Qué forma de mantenerte en vilo, de cortarte la respiración y sentir cómo se congela delante de tu boca, de querer huir, huir, huir, con adrenalina en cada página, sin saber muy bien de qué.

Esta historia me ha transportado a aquella adolescencia de mundos paralelos en la que la fantasía era simplemente otra forma de ver las cosas, de sentir, de dejar volar la imaginación. Otra forma de vivir la literatura, una forma absorbente, expansiva y tan compleja como la literatura no fantástica, esa que leen los adultos y desde la que la gente responsable se permite mirar a los lectores de fantasía como si fueran niños grandes, inocentones sin madurar que no hacen más que entretenerse con batallitas imaginarias. 

Y sonrío. Porque no saben nada. No saben que, a menudo, en estos libros destinados a una sección medio escondida en las librerías (cuando existe la sección) se esconde una rara sabiduría, una precisión a la hora de abordar las complejidades humanas de la que carece buena parte de la "otra literatura". No saben la alegría loca y la plenitud con la que sus lectores pasamos páginas y páginas, desentendiéndonos del mundo real. No saben que en los mundos imaginarios se esconden muchas de las preguntas fundamentales de este. Quiénes somos. Quiénes queremos ser. Qué estamos dispuestos a hacer para conseguirlo. Y que solamente hace falta saber reconocer las metáforas para adentrarse en ellos y disfrutarlos como lo que son: proyecciones artísticas de nuestro mundo. 



lunes, 29 de enero de 2018

BABY POP

Entras en la librería y se hace el silencio. La gente se gira y te mira. Aunque no hagas ni digas nada, te mira. Y sonríe. Varias mujeres se acercan a ti, despacio. Andan con cuidado. Como si no quisieran hacer ruido. Como acariciando el suelo. Acariciando el aire. Tu presencia vuelve el espacio delicado. Una burbuja de caras sonrientes que desean tocarte. Eres el centro de atención. El centro del universo. Y está bien que así sea. Acabas de cruzar la primera puerta de este mundo. Y el mundo te da la bienvenida. 

Hace nueve meses eras una cosita diminuta. Un grano de arena en la inmensidad de la playa. Luego fuiste una cereza, un pececito juguetón, una ranita que jugaba a moverse y a hacer cosquillas. En el quinto mes empezaste a escuchar las canciones del mundo exterior y en el sexto eras tan grande como la mano de tu papá. En el séptimo descubriste las delicias de tu pulgar, y en el octavo, el placer de estirar las piernas dando pataditas. "En el noveno mes echabas las últimas siestas en tu guarida, suave como una nube. Y soñabas, rodeado de estrellas, esperando el día de tu nacimiento". 

Y ahora estás aquí, en la librería, acaparando todas las miradas. Abriendo y cerrando la boca cuando alguien se te acerca y jugando a atrapar en tus puños diminutos los reflejos de colores de las luces del techo. La gente te mira y te ríes. Cómo te gusta tirar cosas al suelo. Y pataleas de alegría mientras tu padre se acerca al mostrador para pagar el libro, este libro en el que apareces tú a tamaño real, tú transformado en cereza, en ranita, en girasol, tú creciendo en el hogar cálido de tu mamá mientras escuchas, al otro lado de su cuerpo, las canciones de amor que ella te canta. Este libro que cuenta la historia de cómo llegaste a este mundo y fuiste bienvenido. Tu libro. 



martes, 23 de enero de 2018

LOS SENDEROS DEL MAR

Huele a mar. A ráfagas de viento húmedo y salado que barren la playa como un rastrillo. Si no fuera por el sol, el paisaje sería violeta, violeta como esas horas del día que parecen muertas y que a menudo se viven con una rara intensidad. La arena está templada en la superficie. Y cada vez más fría a medida que mis pies se hunden en ella. Dos puntitos a lo lejos otean inmóviles el horizonte. Quizá busquen el rastro de las olas de Terranova, esas olas viajeras que recorren cinco mil kilómetros por el Atlántico norte acumulando espuma, frío y sal hasta venir a romperse a estas playas de la costa vasca, cosquilleándome los pies. Dos puntitos a lo lejos se juntan un instante y después empiezan a alejarse, a internarse por uno de los senderos que llegan a esta playa desierta. Pasan dos gaviotas en vuelo rasante. Un cangrejo se esconde. Huele a mar, a viento húmedo y a un sol violeta que apenas calienta. Pero no estoy en una playa. Estoy leyendo este viaje a pie de María Belmonte, sentado en mi sillón, a cuatrocientos kilómetros del mar, con mis pies resguardados por calcetines de lana y susurrándole al cangrejo que se espere quietecito, que vienen más gaviotas por el horizonte. 

Viajar a pie tiene algo de rebeldía. Significa dar la espalda a la continua aceleración de nuestra vida cotidiana y acostumbrarse a los límites del cuerpo. A su energía y sus resuellos. Es una forma, también, de mirarse para adentro y buscarse en el esfuerzo, en la conexión con la naturaleza, en los latidos del corazón que se acompasan con los pasos hasta formar un todo orgánico que nos lleva despacio de un lugar a otro. María Belmonte recorrió a pie buena parte de la costa vasca, desde Bayona (Francia) hasta más allá de Bilbao, siguiendo los senderos del mar. Llevó la guía escrita por Ander Izagirre, autor de Cansasuelos, uno de los libros más encantadores sobre caminatas por la naturaleza que he leído nunca. Y en este libro nos cuenta su forma de ver y sentir el mar, su percepción de la naturaleza y de la gente que se encuentra por el camino, la excitación de despertarse de madrugada tras haber dormido a la intemperie, la adrenalina ante la próxima caminata de veinte kilómetros y la delicia de unas croquetas de bacalao cuando el cansancio vespertino ya la está dejando grogui. Todo ello aderezado con anécdotas curiosas y sorprendentes sobre todo tipo de temas relacionados con el mar, desde el origen del surf como deporte milenario en Hawai hasta el pasado de San Sebastián como cuna de corsarios y piratas, nada más alejado del carácter aristocrático e impoluto de sus calles hoy en día. 

"Cuando llevas un tiempo andando, te fundes con el camino: ya no vas sobre él, sino dentro de él". Cada hoja de roble que se posa en tu hombro, cada ruido en la maleza, cada acantilado que trepas con esfuerzo te agudizan los sentidos y al cabo de cierto tiempo una excitación serena aflora con el sudor y te sientes de pronto parte del paisaje, cómplice del inmenso silencio lleno de vida de la naturaleza. La autora lo describe muy bien. Su prosa es una fuente de inspiración para cualquier amante del mar que haya disfrutado alguna vez en su vida de una buena caminata con olor a sal marina. A través de su mirada, la arena de las playas, las rocas de los acantilados, los helechos, la lluvia, las mareas y los latidos del mar cobran vida nueva, encuentran un nuevo lenguaje para llenarnos de emoción. Y ya no hace falta hundir los pies en la arena para respirar la densidad húmeda del océano ni para advertir al cangrejo del vuelo rasante de unas gaviotas hambrientas. A través de sus palabras estamos ahí. En la naturaleza agreste, que deja de ser aquello que se interpone en nuestro camino para convertirse en el camino mismo, en el marco de nuestra vida, en una fuente inagotable de historias y de gozo. 



jueves, 18 de enero de 2018

LOS NIÑOS PERDIDOS

Es muy fácil volverse xenófobo. Basta con creer que perteneces a una comunidad determinada por la clase social, la nacionalidad, la ideología o el color de piel, y sentir que otros que no pertenecen a tu comunidad pueden amenazarla. En todos los países del mundo hay xenófobos: gente que recela de cualquiera que considere extranjero y que estaría dispuesta, con los estímulos adecuados, a hacer lo que fuera para expulsarlos de su territorio. La xenofobia es una respuesta tribal que niega la misma humanidad a todos los seres humanos. Establece que unos (los nuestros) son más humanos que otros (los de fuera). Y utiliza esa deshumanización del diferente para convertirlo en una idea: la idea de amenaza. Cuando la gente en la librería se escandaliza cuando recomiendo a un autor de nombre catalán y me mira como si sospechara de mi lealtad a la Constitución, no está renegando de ese autor en concreto, sino de la idea de amenaza que representa Cataluña para ellos. Cuando ciertos texanos salen por la noche en sus rancheras para cazar migrantes cerca de la frontera no quieren cazar personas, quieren neutralizar amenazas. Si ambos, el lector madrileño y el cazador texano, se dieran cuenta de que el objeto de su odio no es una idea sino un ser humano, parecido en todo a ellos mismos, tendrían muchos problemas para seguir justificando sus acciones y se les haría muy difícil seguir alimentando su xenofobia. 

Esta breve crónica trata sobre esto. Más concretamente, sobre las decenas de miles de niños que, cada año, cruzan solos las fronteras de México y Estados Unidos huyendo de la violencia de sus países. Muchos reciben palizas. Cuatro de cada cinco adolescentes son violadas en el camino. A algunos (unos 20.000 al año) los raptan las mafias mexicanas y si nadie paga el rescate, los matan y los entierran en fosas comunes. La mayoría, sin embargo, logra sortear todas las trampas y llegar a territorio estadounidense. Si no tienen la mala suerte de toparse con un cazador texano que anhela defender su país con su rifle, son interceptados por las patrullas fronterizas y pasan varios días en las hieleras, centros de detención provisionales conocidos por las bajas temperaturas de sus celdas. Los que tienen parientes o guardianes en el país que pueden pagar su traslado, al cabo de unos días son liberados para poder reunirse con ellos y ahí empieza la odisea burocrática que determinará si han recibido la suficiente violencia para que Estados Unidos los acoja o, por el contrario, si serán deportados a su país de origen. 

En Estados Unidos (y en muchos otros países con flujos migratorios), a los inmigrantes se les llama ilegales. Están fuera de la ley. Su presencia en el país es un crimen. Pero, ¿de qué crimen son culpables los niños migrantes? ¿De querer escapar de su pesadilla? ¿De buscar un futuro mejor? ¿De querer salvar la vida? 

Valeria Luiselli

La odisea burocrática empieza con un formulario de cuarenta preguntas. ¿Por qué viniste a Estados Unidos? ¿Dónde están tus padres? ¿Alguna vez tuviste problemas con el crimen organizado en tu país? La autora de este libro, Valeria Luiselli (1983), cuya obra ha sido traducida en más de veinte países y aclamada internacionalmente, trabajó como intérprete en la Corte Federal de Inmigración de Nueva York, traduciendo las respuestas de los niños migrantes a las cuarenta preguntas del formulario. De esa experiencia nació este libro, esta crónica que mezcla las historias de los niños con su propia lucha por conseguir el permiso de residencia para poder dar clase en la universidad y escribir en Nueva York, donde vive con su marido y su hija, sin el miedo latente a ser deportada y separada de su familia. 

"Si bien las historias de todos ellos son distintas, cada una es un fragmento de una historia compartida más amplia. Todos los niños llegan de lugares distintos, de vidas singulares, de experiencias únicas, pero una vez que registramos sus historias, estas se encadenan unas con otras y cuentan la misma historia espeluznante". 

Las crisis migratorias centran siempre su alarma en la reacción del país de destino: ¿qué hacemos ahora con todos estos niños?". Pero nunca donde debería centrarse: ¿por qué han llegado estos niños? ¿De qué huyen? ¿Qué temen? ¿Que desean de nosotros?

Los niños deberían ser el centro de atención, no nuestro miedo a su presencia. Así, quizá, dejaríamos de verlos como una amenaza y empezaríamos a darnos cuenta de que son seres humanos, como nosotros, de que sufren y lloran y tienen miedo, como nosotros, de que necesitan comida, refugio y un lugar donde vivir, como nosotros. Y de que han huido de su hogar porque su vida carecía de todo esto y se había vuelto tan insoportable que un viaje de miles de kilómetros que mata a miles de niños al año se convirtió en su mejor opción de futuro. 

La hija pequeña de Valeria Luiselli pregunta: "¿Y cómo termina la historia de esos niños perdidos?" 
Quién sabe. Nadie sabe. 
De momento, continúa. 
En viajes infernales, celdas heladas y tribunales. 
En gente que necesita aprender a dejar de odiar. 
En libros como este. 



lunes, 15 de enero de 2018

LOS PACIENTES DEL DOCTOR GARCÍA

En esta nueva novela de los "Episodios de una Guerra Interminable", Almudena Grandes nos descubre hechos de la posguerra que para mí son completamente nuevos. 

Los contactos entre la Alemania nazi y el franquismo eran ya conocidos. Almudena Grandes ha investigado a fondo los personajes relevantes que intervinieron para dar cobertura, esconder, proteger, facilitar documentaciones falsas y puestos de trabajo en distintas partes del mundo a los nazis que consiguieron escapar a la justicia, durante los años cuarenta y cincuenta del siglo XX. Pero va mucho más allá y llega hasta la dictadura de Videla en Argentina en los setenta.

Uno de esos personajes relevantes fue Clara Stauffer, falangista y nazi, española y alemana, que en 1937 ya colaboraba con la Sección Femenina de la Falange y con Pilar Primo de Rivera. Una mujer inteligente, con carisma y muy trabajadora, que puso todo su saber y su esfuerzo al servicio del nazismo, completamente convencida de que esos eran los ideales por los que tenía que luchar. Intervino en las negociaciones que el gobierno franquista mantuvo para conseguir ayuda militar de Hitler, entre otras muchas más. El acercamiento a esa singular mujer, y a todo el entramado que organizó a su alrededor desde su domicilio de la calle Galileo de Madrid, es sumamente interesante, a través de los dos principales personajes de la novela, espías no siempre por voluntad propia, que nos permiten "ver y sentir" como veían y sentían criminales de guerra con historiales espantosos.

Algunas de las reuniones se mantenían en la Sierra de Guadarrama, y la colonia de Camorritos fue cobijo de muchos de aquellos alemanes que, protegidos por Franco, pudieron vivir en España a cuerpo de rey, con negocios fraudulentos, algunos relacionados con la inmensa fortuna en forma de obras de arte y joyas que habían robado a los judíos antes de enviarlos a las cámaras de gas.

Otra de las atrocidades de las que yo no había tenido noticia es la del campo de concentración en Klooga, Estonia, inaugurado en 1943. Resulta espeluznante la descripción de los horrores allí cometidos, en línea con las consignas de la jerarquía nazi. 

Los últimos capítulos están dedicados a Buenos Aires, adonde viajó también Clara Stauffer. Los personajes de Perón y Evita, y la posterior dictadura de Videla, están espléndidamente retratados.

El doctor Guillermo García Medina, personaje principal de esta novela, tiene que utilizar una identidad falsa, un regalo que le facilita su mejor amigo, para sobrevivir en la España de Franco, después de haber sido un médico que salvó miles de vidas en la zona republicana gracias a la novedosa fórmula de las transfusiones de sangre que por primera vez podían realizarse sin la presencia del donante. 

Me ha encantado esta nueva novela de Almudena Grandes, que nos trae la memoria de lo que fueron aquellos años de plomo, cuyos responsables nunca fueron enjuiciados y condenados.




viernes, 12 de enero de 2018

EL FINAL DE TODOS LOS AGOSTOS

"El misterio hace a la gente más interesante, y, a veces, es mejor quedarse con el recuerdo". 

Pero, ¿cómo acallar la curiosidad? ¿Cómo no querer saber qué fue de aquel amigo de la infancia, aquel pelirrojo del pueblo de la costa donde pasamos tantos veranos y que no hemos vuelto a ver en veinte años? 

El protagonista de este cómic va a realizar una exposición fotográfica con fotos hechas cuando era un crío y ha pensado volver a los lugares de esas fotos y hacer otras nuevas con el mismo encuadre, a la misma hora, en el mismo sitio. Es como un viaje al pasado. Convertirse en turista de su propia memoria para despertarla y descubrir qué pasó. De qué huyó. Y quizá...

Quizá plantearse qué habría pasado si hubiera seguido veraneando en ese pueblo, saliendo con ese amigo, compartiendo confesiones y brusquedades, miradas de reojo y escalofríos. 

Pero el pasado no es un lugar al que se pueda volver con facilidad. Cuando lo hacemos, nos encontramos casi siempre las habitaciones desiertas, cáscaras vacías de sentimientos que ya no están. El pasado es una historia. Una invención. Una foto única que no puede volver a tomarse. 

Este cómic es perfecto en su sencillez. Por su ritmo y su claridad, parece el guión de una película. Un guión cuidado y delicado, con hojas de papel transparente que marcan las transiciones entre el ayer y el hoy, superponiendo el color de los recuerdos sobre el blanco y negro del presente. Me ha llamado la atención ese detalle, la expresividad del color para los recuerdos, que los vuelven más intensos, más reales que la vida misma. 

No hay melancolía explícita en este cómic. Ni sentimentalismo. Sólo la pregunta insistente que planea y planea en la cabeza del protagonista: ¿qué habría pasado si...?
A veces es inútil buscar la verdad cuando tenemos una buena historia en su lugar. De niños lo tenemos claro. Luego, al crecer, se nos olvida. 



martes, 9 de enero de 2018

EL SUEÑO DE LA ALDEA DING

Este libro me ha dejado KO. Desde las primeras páginas, ya sabía que estaba ante algo grande, una historia poderosa de amor y muerte, un clásico de la literatura. En China está prohibida su publicación. Y entiendo ese miedo (todas las prohibiciones nacen del miedo) a que la gente lea esta novela y les inunde el corazón de dolor y belleza, y les levante de sus asientos como un torbellino para pedir responsabilidades por la injusticia y que los culpables de la muerte de miles, decenas de miles, quizá cientos de miles de personas reciban el golpe de su rabia. 

"Morían, y no importaba. ¿Quién llora las hojas que caen de un árbol, la luz que se extingue al atardecer?"

En la aldea Ding han aparecido puestos de venta de sangre. Por un litro que te quitan, tienes para comer un mes entero. Pasada la reticencia inicial, la gente está exultante. La prosperidad florece en las calles como las flores en primavera. Proliferan los puestos ambulantes de extracciones. Hasta que la enfermedad de la fiebre se abate sobre la aldea y termina con la euforia. 

"Morían, y no importaba. ¿Quién llora las hojas que caen de un árbol, la luz que se extingue al atardecer?"

Y la desesperación se convierte en resistencia, en lucha por arañar de la superficie del dolor un sentido, por formularle a lo que queda de vida las preguntas adecuadas. Y, al fin, comprender. A pesar de la enfermedad, la vida sigue brotando en los ojos de la gente como una fuente inagotable. Y aunque la muerte se haya vuelto una trivialidad más de la vida cotidiana, tan natural como apagar una llama o como la caída de las hojas en otoño, el mundo sigue transido de belleza y los hombres y las mujeres siguen amándose, buscándose, necesitándose "como la tierra y la semilla que el viento posa para acabar echando raíces en ella". 

Yan Lianke
Este libro me ha dejado KO. Y me ha recordado otros libros. Por ejemplo, me ha hecho pensar en la literatura popular, con sus candencias y repeticiones, propios de cuentos y baladas tradicionales. El lirismo y las descripciones poéticas, su cercanía (palpas las telas, saboreas la textura del arroz, te deslumbran los colores, los olores, los sonidos), la sensualidad hipnótica y la importancia de los sueños para cambiar la realidad me han recordado a Gabriel García Márquez y sus Cien años de soledad. Las pasiones humanas condensadas en su más pura esencia (solidaridad, egoísmo, amor, ambición, crueldad, venganza, lujuria) son shakespearianas, y el Ensayo sobre la ceguera de Saramago está presente en la reclusión que sufren los personajes y cómo reacciona una comunidad cerrada ante una situación extrema. 

Gracias a la editorial Automática y a la traductora Belén Cuadra por traernos este libro, que, estoy seguro, será un clásico. Un ejemplo de literatura lírica y exuberante, de un dominio portentoso del lenguaje. Se utilizará para despertar conciencias entre la población dormida de un país que lleva más de medio siglo sin reconocer sus crímenes contra sus ciudadanos. Será una trinchera de dolor y rabia desde la que luchar por un mundo más justo donde la belleza sea un bien de primera necesidad. Y se leerá, quizá, como una historia de amor y muerte transmitida generación tras generación al calor de una hoguera en las noches de invierno, para que nadie olvide nunca que "morían, y no importaba. ¿Quién llora las hojas que caen de un árbol, la luz que se extingue al atardecer?"




jueves, 4 de enero de 2018

MI PRIMA RACHEL

Por la librería pasa todos los días gente de lo más variopinta. Me gusta observarla, mirar sus andares, sus balbuceos, sus sonrisas. Ver de lejos cómo cogen un libro, caminan dos pasos y cuando quieren devolverlo a la balda ya no saben dónde estaba: ese titubeo, ¿lo dejo en cualquier sitio o me esfuerzo en recordar su lugar? Me gusta adivinar qué palabras utilizarán para pedir algo (¿usarán el imperativo o buscarán un condicional de cortesía?) por la ropa que llevan o su forma de moverse. Imaginar cómo son sus vidas, si en privado serán más expansivos o más cautos, más directos o más sibilinos que en la librería cuando piden o exigen o sugieren. Y, muy a menudo, observo a la gente y les pongo adjetivos, elucubro sobre sus vidas, sus orígenes, sus parejas, les añado intenciones y deseos que me invento después de ver cómo sacan su tarjeta de crédito o se anudan la bufanda, y los convierto en personajes de la novela inagotable que se despliega todos los días en mi cabeza cuando me despierto. 

Mucha gente lo hace. Los escritores, sobre todo. A veces, los sorprendo cuando una idea nueva emerge en su imaginación y de repente les brillan los ojos y sus manos se ponen a temblar buscando el móvil o un papel cualquiera donde apuntarla antes de que se les olvide. Me imagino a Daphne du Maurier así. Recolectando personajes por el mundo. Creándolos a partir de un gesto sorprendente, una palabra demasiado dulce o demasiado hiriente. No hace falta leer más de veinte páginas de este libro para darse cuenta del talento que tenía para ello: 

"Éramos soñadores, poco prácticos, reservados, teníamos grandes teorías que nunca pusimos a prueba y, como todos los soñadores, estábamos dormidos en un mundo despierto. No nos complacían nuestros congéneres y ansiábamos afecto, pero la timidez sometía el impulso a un estado de latencia hasta que el corazón reaccionó". 

Así son los dos protagonistas masculinos de esta novela. Dos caballeros ingleses de principios de siglo, un puntito excéntricos e infantiles, ignorantes de las delicias del romanticismo, hasta que irrumpe una mujer extranjera, sutil y enigmática, o, mejor dicho, la idea de una mujer extranjera, sutil y enigmática: la idea de la prima Rachel. Y todo se transforma. 

Cómo cambia nuestra forma de tratar a una persona a medida que la vamos conociendo y le vamos quitando todas esas capas de ideas preconcebidas (expectativas, miedos, deseos) con que la habíamos vestido para que cupiera en algún molde preestablecido. Y qué peligroso el momento en que vemos a alguien como es y no como nos gustaría que fuera. Para Philip, el narrador de esta novela, conocer a Rachel fue "como si hubiera hecho una pompa de jabón, me hubiera apartado para verla flotar y se hubiera deshecho de pronto". Lo que quedó de esa mujer una vez que se disipó la idea que Philip se había hecho de ella fue la realidad: una realidad más compleja de lo que Philip estaba dispuesto a digerir. 

En esta novela, Daphne du Maurier, conocida sobre todo por ser la autora de Rebecca, despliega una literatura rica y elegante, penetrante como una mirada cargada de matices, compleja como un acorde de resonancias inquietantes. Gran rescate de la Editorial Alba.



martes, 2 de enero de 2018

GRANDES MAESTRAS (firma invitada)



Ángeles Caso lo ha vuelto a hacer. Ha elaborado un nuevo catálogo de arte de obligadísima consulta. En Grandes maestras. Mujeres en el arte occidental Renacimiento- siglo XIX, se dan cita las grandes pintoras occidentales de entre finales del siglo XVI hasta finales del XIX. Al contrario que en Ellas mismas, libro de la misma autora que reseñamos a principios de año, las imágenes y la información sobre las autoras no se expone de manera cronológica. En este nuevo compendio de obras de arte de la más alta calidad, los cuadros, esculturas y fotografías se han clasificado según su temática (desde las escenas de la vida cotidiana e íntima de las autoras hasta los paisajes en plena naturaleza pasando por temas históricos, religiosos y mitológicos).

Ángeles Caso. Wikipedia.
Uno de los grandes aciertos de esta pequeña joya es, una vez más, su introducción, en la que Caso pone de manifiesto sus conocimientos sobre historia del arte y de forma elocuente nos introduce en el mundo de los talleres artesanos en donde las mujeres del Renacimiento, el Barroco y el Neoclasicismo pudieron aprender el arte de la pintura de manos de padres, hermanos y maridos hasta alcanzar la maestría, y cómo a partir de finales del siglo XVIII, con la liberación del gremio de artesanos y el nacimiento de las academias de pintura (se nos habla especialmente de la francesa), las mujeres vieron reducidas las posibilidades de aprender amparadas por un gremio, y su papel en el arte y sus obras fueron obviadas, ninguneadas y hasta robadas por colegas varones quienes se apropiaron de ellas y las firmaron con nombre masculino.

Este libro no es solo un catálogo de la mejor pintura hecha por mujeres de todos los tiempos (hasta los albores del siglo XX), sino que es además una clase magistral sobre la evolución de la labor artística desde inicios del Renacimiento hasta el inicio del siglo XX. Este volumen no se olvida de las autoras españolas y da una breve noticia de ellas, tan breve como la producción que se conoce de momento de las artistas de este lado del continente.

Joven tocando la flauta (c.1635), Judith Leyster.
Una de las obras incluidas en el libro.
La detalladísima introducción se completa con las doscientas setenta y dos imágenes de hasta cien pintoras, fotógrafas y escultoras occidentales y con una nómina final en la que se incluye una pequeña nota biográfica de las más relevantes, todas ellas ya estudiadas en la anterior obra de la autora, Ellas mismas. 

Cabe mencionar, por último, que este nuevo ejemplar vuelve a ser posible gracias al micromecenazgo o crowdfunding y a la colaboración desinteresada de cientos de particulares así como de instituciones, museos y librerías. Gracias a todos ellos por haber hecho posible este nuevo proyecto.

Nosotros, en ese último eslabón que es la promoción de un libro, seguimos recomendando sin parar este igual que hicimos con el anterior para poder colocar la maestría de estas mujeres en el lugar que se merece: el de los libros de arte, las estanterías de nuestras casas y la conversación de los grandes amantes de la pintura y el arte en general.



martes, 26 de diciembre de 2017

GAVRILO PRINCIP

Siempre he querido vivir en la Belle Époque. Esos años comprendidos entre el final de la guerra francoprusiana (1871) y el inicio de la primera guerra mundial (1914). Vivir en un pisito en París, en Berlín o en Viena, capitales de la cultura donde el arte vivió un esplendor y una efervescencia maravillosamente retratados en El mundo de ayer de Stefan Zweig. Visitar las exposiciones de los impresionistas, ver dirigir a Gustav Mahler, descubrir el Art Déco en los carteles de Mucha y en las casas de Victor Horta en Bruselas. Estar ahí, en el centro del mundo cultural, intuyendo que cada estreno musical, cada fachada fantasiosa, cada poema simbolista eran acontecimientos dignos de ser incluidos en el panteón de la cultura occidental. Sentir el privilegio de ser testigo de una idea de progreso a través de la cultura, alimentada por la obra de decenas de genios que creían en la libertad del arte para liberarse de las restricciones del pasado y alumbrar nuevas ideas de belleza y refinamiento. 

Siempre he querido vivir en la Belle Époque. Pero en la Belle Époque de Stefan Zweig. Lejos de la pobreza gris de los suburbios, de la rabia acumulada de los oprimidos. Lejos de los Balcanes, con sus pueblos despreciados por los austriacos y los turcos. Ocupados por dos imperios, con restos de feudalismo y de luchas tribales en las montañas, gente considerada analfabeta y carne de esclavos para la élite de la capital del Imperio. Creo que a nadie nos habría gustado vivir ahí, en ese hervidero de rabia, cocinado por siglos de opresión, a apenas quinientos kilómetros de las resplandecientes avenidas de Viena, llenas de burgueses expectantes ante el próximo estreno de una nueva ópera dirigida por Mahler. 

Este cómic del dibujante danés Henrik Rehr cuenta la vida de Gavrilo Princip, un serbio-bosnio de clase humilde que, con apenas diecinueve años, asesinó al heredero del Imperio austrohúngaro en Sarajevo, lo que provocó el estallido de la primera guerra mundial y el derrumbe de una forma de entender la sociedad, la cultura y la convivencia entre naciones. Gavrilo Princip creció en una sociedad que, por primera vez en su historia, estaba cobrando conciencia de su identidad como pueblo y de su necesidad, incluso de su derecho, a exigir otro trato por parte de sus vecinos austriacos y turcos. Por primera vez, gracias a las ideas anarquistas y comunistas, se veían con fuerzas para exigir ser dueños de su propio destino. 

Había desesperación en las calles. Miseria. En una viñeta de este cómic, ante el paso de una patrulla de soldados austriacos, con sus uniformes relucientes, una mujer se asoma a una ventana y exclama: "Bienaventurados quienes mueren en la calle, ¡porque son la voz de nuestra desgracia común!" Toda Serbia es un hervidero de indignación social. Un polvorín a punto de explotar. Y Gavrilo Princip, un adolescente pobre y enfermo de tuberculosis, alimentó esa rabia con numerosas lecturas de emancipación social, convirtiéndose en un estudiante más dispuesto a dar su vida para echar a los austriacos de los Balcanes y por traer un poco de justicia social para su pueblo. 

La verdad es que no se puede decir que lo consiguiera. Su mano apretó el gatillo que mató al heredero del emperador, pero es muy probable que la guerra hubiera estallado de todas formas por cualquier otro motivo. Una guerra que dejó más de diez millones de muertos y que acabó con la vida de uno de cada tres serbios. Si la idea era echar a los austriacos de los Balcanes, sin duda lo consiguieron. Pero a qué precio. 

Gavrilo Princip es un cómic estupendo. Tiene dramatismo, ritmo, tensión, por momentos parece una novela policiaca, y el uso del negro en la ilustración enfatiza la lucha, encarnizada y sombría, de unos ideales por conseguir su objetivo, aunque sea a través del terror y la muerte. La época que retrata es fascinante. Y al leerlo, no podía dejar de pensar que esta historia de los Balcanes, convulsa y desgraciada, fue la otra cara de la Belle Époque, fue su trastienda desordenada y gélida, y que mientras unos disfrutaban felices el esplendor artístico de su época, convirtiéndola en un mito para generaciones posteriores, otros alimentaban su odio tras siglos de humillaciones y miseria.