viernes, 28 de abril de 2017

CUÁNTA TIERRA NECESITA UN HOMBRE

La corrupción está en todas partes: en los partidos políticos, en las grandes empresas, en los premios literarios y en las novelas que premian (en especial en el género policiaco, que siempre encuentra en las miserias sociales materiales óptimos para sus tramas). La corrupción siempre ha estado ahí, parece que es una lapa venenosa que se pega a la pantorrilla de cualquiera en el momento en que accede a cierto grado de poder. 

Desde el Judas de la Biblia hasta esta adaptación de la joyita de Tolstói, pasando por el Avaro de Molière y la Celestina, la historia de la literatura ha dejado innumerables ejemplos de personajes cuya avaricia les lleva a la tumba. Es una de las preguntas fundamentales que la filosofía debería hacerse: ¿por qué el ser humano, sean cuales sean su época o condición, es capaz de sacrificar su vida para conseguir riquezas que nunca podrá gastar? Y no hace falta tener mucho poder ni mucho dinero. Ni Scrooge ni Pajom, el protagonista de este cómic, tienen mucho más de lo que necesitan. Pero han nacido con el virus de la ambición y en las noches blancas se alimentan del sueño de llegar a poseer más de lo que tienen con el fin de ser más de lo que son. Los bienes materiales como cuantificadores de la identidad: filósofos del mundo, ya tenéis un título para empezar. 

En El Hambre (Anagrama), Martín Caparrós cuenta cómo los brokers que especulan con bonos de compañías alimenticias no tienen conciencia de estar haciendo nada malo. Sus operaciones pueden modificar el precio del grano en el África subsahariana pero, eh, es la ley del mercado. Tampoco en España parece que la corrupción a gran escala provoque un rechazo generalizado: más de la mitad de la población vota a partidos que llevan décadas saqueando las arcas públicas y sus gestas se ven como un mal menor, o incluso con cierta envidia por la "picaresca" necesaria para entrar en política para forrarse, conseguirlo e irse de rositas. 

La cárcel no disuade a casi nadie. La avaricia, como el amor, es ciega, y sólo se deja llevar por lo que brilla en la palma de la mano. La muerte disuade aún menos. Al menos a nuestro protagonista no le quita el sueño. Se le ha concedido la posibilidad de conseguir tanta tierra como pueda recorrer andando desde el amanecer hasta el anochecer, con una sola condición: si no regresa al punto de partida antes de que se ponga el sol, perderá todo lo que ya tiene. Hacerse rico está al alcance de sus pies. Y de su prudencia. Pero, ¿quién quiere ser prudente cuando se puede ser un gran terrateniente?

Tolstói escribió esta parábola intemporal sobre la ambición del ser humano en 1886. Esta fantástica adaptación al cómic por Martin Veyron se lee en poco más de media hora y retrata a la perfección tanto las precariedades de los que apenas tienen nada como el resultado de la ambición desmedida cuando se la desata de la realidad. A más de un político actual le vendría muy bien un poco de filosofía y realidad tolstoianas, y de paso enterarse exactamente de cuánta tierra necesita un hombre. 


miércoles, 26 de abril de 2017

UTOPÍA PARA REALISTAS

Si hubiera voluntad política internacional y amplitud de miras, con qué facilidad se resolverían los problemas gravísimos que enfrenta la Comunidad Internacional, la de todos los países que, desarrollados o no, en mayor o menor medida, tienen en su seno un núcleo de población marginal, sin recursos económicos.

El modelo de sociedad actual no se sostiene, es imprescindible imaginar uno nuevo y eso es lo que ha hecho este historiador holandés nacido en 1988, Rutger Bregman, el autor de este ensayo. Ha dividido sus planteamientos en tres grandes temas: la renta básica universal, la semana laboral de 15 horas y un mundo sin fronteras. Dicho así, efectivamente suena a utopía imposible, por lo menos a corto plazo, pero a medida que he ido adentrándome en esta nueva forma de enfocar los temas, con los datos que pormenorizadamente nos detalla el autor, con experiencias contrastadas a pequeña escala y un análisis exhaustivo del coste tan elevado, tanto económico como social, que representa la pobreza en el mundo, la mente va abriéndose a perspectivas que no habíamos contemplado hasta ahora y todo empieza a tener encaje y lógica.

Creo que este libro es un intento de poner en marcha el futuro. ¡Nada más y nada menos! Un primer capítulo muy optimista en el que nos relata a modo de gran vistazo general la evolución de la Humanidad a lo largo de los siglos nos sitúa en el momento actual con una nueva perspectiva.

Decía Bertrand Russell, uno de mis filósofos preferidos: "para ser feliz necesitamos no solo el disfrute de esto o lo otro, sino esperanza, iniciativa y cambio. No es una utopía acabada la que deberíamos desear, sino un mundo donde la imaginación y la esperanza estén vivos y activos".

Rutger Bregman ha puesto en la primera página de su libro un texto de Oscar Wilde que también define de lo que estamos hablando: "Un mapa del mundo que no incluya Utopía no es digno de consultarse, pues carece del único país en el que la humanidad siempre acaba desembarcando. Y cuando lo hace, otea el horizonte y al descubrir un país mejor, zarpa de nuevo. El progreso es la realización de Utopías".

La renta básica ya se ha aplicado en zonas pequeñas de Canadá y de Estados Unidos con resultados positivos. Para hacernos una ligera idea del coste que supone, con la cuarta parte del presupuesto del gasto militar en Estados Unidos se puede financiar esa renta que eliminaría la pobreza en todo el país. Los gastos de las guerras en Irak y Afganistán han supuesto aproximadamente entre cuatro y seis billones de dólares. Además, los beneficios que se obtienen en salud, disminución de la criminalidad, mejores rendimientos escolares, disminución de la violencia doméstica y trastornos mentales suplen sobradamente la inversión. El ejército de trabajadores sociales e inspectores burocráticos que no producen nada y que se dedican a controles podría dedicarse a otras tareas productivas.

Los beneficios de abrir las fronteras son analizados por Bregman con una claridad y una exposición de datos que deberían ser considerados en todos los foros internacionales.

Me apasiona este libro, creo en él y algún día estoy convencida de que se tendrán que poner en práctica estas brillantes ideas, ojalá sea más pronto que tarde por el bien de toda la Humanidad.



lunes, 24 de abril de 2017

RAYUELA

Todo el mundo dice que a Rayuela o la amas o la detestas. Como esas femmes fatales que sólo aceptan adoradores idólatras o enemigos acérrimos. Como el chile bien picante o las hormigas fritas o esos platos del sudeste asiático de nombre impronunciable que, si no tienes una fe bien robusta en la resistencia de tu estómago, no hay forma de llevártelos a la boca. Pero yo he llegado a la conclusión de que a Rayuela se la puede amar y detestar a la vez. Que, de hecho, es lo más lógico y lo más saludable, si uno pretende mantener el pensamiento a salvo de hooligans y ególatras. Por lo tanto, después de leer por primera vez esta novela canónica del boom latinoamericano a mis treinta y cuatro años, puedo afirmar que me gusta con la misma pasión con que la detesto. La he leído con las gradas de mi percepción divididas en dos hinchadas enfrentadas, ambas furibundas, peleando a grito pelado por la victoria de su idea. Así que he decidido prestar oídos a las dos y convertir esta no-reseña en un diálogo entre un adorador y un detestador de Rayuela, quizá los dos únicos tipos de lector que puede aceptar esta novela fabulosa. 

Adorador: ¡Rayuela es mágica, Rayuela es sublime, es miles de libros en uno, es un crisol de todas las emociones y opiniones y erudiciones posibles!
Detestador: Rayuela será todo lo sublime que tú quieras, pero sólo los muy pedantes pueden disfrutar las divagaciones de esos plastas. 
A.: Qué pena, saber que hay gente como tú que no tiene la categoría intelectual de volar a la altura de la prosa maravillosa de...
D.: ¡Jajaja! Volar a la altura, dices. No sólo es una altura más bien bajita, al alcance de cualquiera que tenga que matar la frustración de no tener vida social con miles de horas de biblioteca, sino que no camufla la bajeza moral de los personajes, misóginos y cutres, que buscan la trascendencia a través de la destrucción del amor, de la alegría y de la ética. 
A.: ¡Poesía, che, poesía! ¿Sabés lo que es? Esa potencia visual y evocadora de las palabras... Rayuela es un orgasmo, un colocón de coca, es una supernova de colores explotando a cada página. 
D.: Pero es una poesía que enfada. 
A.: Y encandila. Y crea adicción, no me lo negarás. 
D.: Adicción de la mala. Adicción fastidiosa y repugnante. 
A.: ¡Y seductora! Con esas reflexiones filosóficas que estallan en tu cabeza como fogonazos cuando menos te las esperas. Y París. Ah, París...
D.: Sí, ese París sucio y glacial, lleno de jóvenes extranjeros hastiados de sí mismos, de su propia inteligencia, de sus propios fracasos, incapaces de encontrar una forma aceptable de vivir.
A.: Pero es fascinante, ese retrato de una juventud que tuvo un sueño dorado con esa ciudad que no supo cumplir sus expectativas, que en cierto modo no estuvo a la altura.
D.: ¿Que París no estuvo a la altura?
A.: Sí, a la altura de sus ambiciones, de sus ideas, de...
D.: Pero si estaban ciegos, ciegos de tan inteligentes, golpeándose contra las paredes de sus vidas, asfixiados por su propia ultraconciencia de sí mismos, siempre necesitando explicar los motivos de su existencia, o de su soledad, o de su concepción trágica de la vida, como si tuvieran miedo de olvidarlos todos, de no alcanzar la gloria. 
A.: ¡Pero si ya la alcanzaron! Rayuela es gloria, che, que parece que no te das cuenta. La Maga es gloria, es La Mujer con mayúscula, el sueño de cualquiera que tenga necesidad de fantasía, de vivir otras vidas más brillantes, más prometedoras que la propia. Y la Maga en París, paseando por el Pont des Arts con ese aire vulnerable y seductor..., ¡da para alimentar los sueños de toda una generación!
D.: Sí, la Maga es sublime, pero bien que todos la desprecian, mirándola con suspiros, como diciendo "qué paciencia hay que tener contigo, estúpida ignorante".
A.: ¡Pero cómo te atrevés!
D.: ¡Si es la verdad! Rayuela es una novela misógina a más no poder, con todas esas mujeres cumpliendo el oficio de musas, de compañeras, de madres, cuidándose de no interferir en las nostalgias trascendentes y ridículas de sus amantes, aceptando sus extravíos y sus violencias sin interrumpirles, sin corregir nunca sus manías infantiles para no taparles la sombra y...
A.: ¡Callate, boludo, callate! No decís más que estupideces. Cortázar está por encima de cuestiones de género. No puedes leerlo con tu fervor feminista, que lo jodes. Rayuela es inmortal, es como La Iliada, como Don Quijote, ¿dirías que Aquiles es misógino? Y además, juzgar a la Maga con criterios actuales es como pretender que se comporte como una chica más. Rayuela es un mundo aparte con sus propias reglas y la Maga está por encima de esos juicios. La Maga es la luz, la pureza por encima de cualquier comentario, es la vida, el futuro, el amor...
D.: El amor, ya. ¿Qué amor? ¿El intoxicado por ese agobiante exceso de ideas? ¿El falto de empatía? ¿El que desprecia, el que ningunea? ¿El de esos cretinos con ínfulas que sueñan con la muerte o el absurdo para poder sentir algo?
A.: "...volvía de ella como un fósforo cuando se lo prende y le crece de golpe todo el pelo". Ese amor. El incandescente. 
D.: El invivible. 
A.: ¿Invivible? ¿Por qué?
D.: ¡Porque no se puede vivir en Rayuela! Es asfixiante. Tanta filosofía, tanta abstracción. Rayuela está fuera del mundo, no tiene referencias a la vida real, es como una pieza marciana de Schönberg o un cuadro enloquecido de Pollock. Ahí no hay vida, sólo juegos, divagaciones, elucubraciones sobre la vida. 
A.: Pero precisamente de esas elucubraciones, de esas ideas, es de donde surge la vida. Rayuela es la puerta de entrada, grandiosa puerta de entrada a la vida. Una vez cruzas el umbral ya no vuelves a ser el mismo. Te hipnotiza. Es como ver a un malabarista con cinco antorchas encendidas volando a la vez. Fuego. Ritual. ¡Virtuosismo! ¡Juego!
D.: Un juego poco divertido. Un fracaso, al fin. 
A.: ¿Cómo que un fracaso?
D.: Sí, Rayuela es la historia de un fracaso, de una huida imposible, de un amor que sólo puede realizarse destruyendo a la persona amada. 
A.: Pero qué buscabas, ¿una novelita complaciente? Rayuela deslumbra quemando, te quita la venda de la realidad cotidiana para que veas un poco más allá de tu mediocridad y si hace falta te daña, te zarandea...
D.: ...te escuece, te agota, te enfada, te machaca...
A.: ...te transporta, te alimenta, te conmociona...
D.: Es la muerte.
A.: ¡Es la vida! 
D.: Una vida amarga, inhumana, que sabe a muerto. 
A.: Una vida poderosa, luminosa, que sabe a gloria. 
D.: ¡Eres un fanático! 
A.: Y tú estás ciego. 
D.: Prefiero mi ceguera a la tuya. 
A.: Es culpa de Cortázar, él nos dejó ciegos. 
D.: ¿Cómo ciegos? 
A.: Ciegos a todo lo que sea vivir lejos del fuego. 




jueves, 20 de abril de 2017

UN AMAR ARDIENTE

Mi enhorabuena a la editorial Flores Raras por la publicación de esta antología de Poemas a la virreina escritos por Sor Juana Inés de la Cruz (México 1648-1695), seleccionados, reinterpretados, reordenados y recuperados por Sergio Téllez-Pon, y con un prólogo de Ramón Martínez, que como bien dice hay que agradecer a Sor Juana porque estos poemas son ya patrimonio amoroso de toda la Humanidad.

Esta selección tiene un interés muy especial porque visibiliza matices importantes en la relación que tuvo Sor Juana con la condesa de Paredes, María Luisa Gonzaga Manrique de Lara, virreina en México entre los años 1680 y 1686, durante los cuales fue mecenas de Sor Juana y artífice, a su regreso a España, de la publicación de sus escritos.

Octavio Paz escribió: "Sor Juana sobresale en la expresión del sentimiento amoroso y de sus trances: encuentros, despedidas, celos, llantos, risas, soledad. Poesía  no del amor divino, sino del humano y que solo puede compararse a la de Lope de Vega y a la de Quevedo. Es un remanso de agua en la que el enamorado, a un tiempo, se retrata y se anula".

Esta escritora, poeta y dramaturga del Siglo de Oro literario en español era hija de un militar español que no se casó con su madre y tampoco se ocupó de ella. Con quince años ya demostró su gran inteligencia y los muchos conocimientos que había adquirido al entrar en la corte del virrey marqués de Mancera. Intentó convencer a su madre para que la dejara disfrazarse de hombre y así poder ingresar en la universidad, ya que las mujeres no podían acceder a ella. Al no conseguirlo, decidió entrar en el convento de las Carmelitas, donde, a causa de su rigidez extrema, enfermó. Al tiempo se vio obligada a salir pero no abandonó su idea e ingresó en la Orden de los Jerónimos, donde las normas eran más flexibles y pudo disponer de una celda con dos pisos y sirvientas. Se quedó allí el resto de su vida porque le permitían estudiar, escribir, celebrar tertulias y recibir visitas como las muy frecuentes de las dos virreinas. La llamaban "la muy querida de la virreina".

Para comprender hasta qué punto fue liberadora su amistad con la condesa hay que decir que Sor Juana estaba subordinada al régimen que le imponía su confesor, el padre jesuita Antonio Núñez de Miranda, uno de los jerarcas católicos más poderosos de la Nueva España. El Padre Núñez estipulaba en sus comunicados a las monjas que para alcanzar la santidad, además del voto de clausura y de castidad, las monjas debían confirmar su voto de obediencia hacia él como guía espiritual, renunciando a su propia voluntad y a su libre albedrío. Llegó un punto en que la inteligencia de Sor Juana se rebeló y en 1682 escribió una famosa carta titulada "Autodefensa espiritual" en la que cometió la osadía de poner fin a las órdenes del Padre Núñez.

Sor Juana Inés de la Cruz
Años más tarde, por desgracia, se reconcilió con él y la obligó a dejar de escribir y a deshacerse de su biblioteca y su colección de instrumentos musicales y científicos, ¡Cuánto daño han hecho los hombres con poder en nombre de la religión! Por fortuna contó con la admiración del obispo de Yucatán, que se encargó de publicar los dos primeros tomos de sus obras inéditas en España cuando fue obligada a destruir su obra.

Sor Juana no solamente escribió poemas. Administró el convento y realizó experimentos científicos. Abogó por la igualdad de los sexos y por los derechos fundamentales de las mujeres. Los poemas que aquí se recogen son un testimonio claro de los sentimientos que albergaron estas dos mujeres, sor Juana llamaba Lysi a la condesa, prisioneras ambas de los prejuicios de su época, incluso de la nuestra. Ojalá se siga investigando para continuar con la tarea de visibilizar tantas relaciones condenadas a la oscuridad, cuando no debería ser así.



lunes, 17 de abril de 2017

REGRESO A BERLÍN

Esta es una historia de fantasmas. De fantasmas que viven en nosotros y son, a menudo, más reales a nuestros ojos que las personas de carne y hueso. De fantasmas que nos zarandean los sueños hasta convertirlos en pesadillas, o, peor, hasta partirnos cada noche por la mitad y dejarnos mirando al vacío del insomnio con pavor. 

En 1956, Eric Devon es el perfecto caballero inglés: exquisito, sofisticado, parece que hubiera nacido con la flor en el ojal del esmoquin ya perfectamente colocada. Sin embargo, veinte años atrás se llamaba Erich Dalburg y era un joven escritor alemán perseguido por haber escrito un libro satírico sobre los nazis. ¿Cómo seguir siendo alemán después de 1945? ¿Cómo seguir formando parte de una nación genocida? Eric Devon, al igual que muchos alemanes exiliados, decide romper con su pasado, con su nacionalidad y con todo lo que era su vida antes de 1936 y se convierte en una nueva persona. Pero al cabo de veinte años, su impostura se vuelve insoportable, los fantasmas no le dejan vivir y su mujer le empuja a volver a Alemania para reconciliarse con sus orígenes y tratar de deshacerse de esa culpa colectiva que está minando su salud. 

Al llegar a Berlín, nada es como recordaba. Han pasado once años desde el final de la guerra pero buena parte de la ciudad sigue en ruinas. Eric tiene serias dificultades para orientarse entre los escombros y las calles con nuevos nombres. Sólo los niños parecen no percibir la devastación que han sufrido las casas, y juegan en los solares dejados por los edificios, felices en los confines de su inconsciente imaginación. Los jóvenes se ríen de Hitler, aquel fantoche con su bigotito ridículo y su voz de pito, y su risa separa la generación que no quiere recordar de la generación que nunca podrá olvidar.  Los millones que ayer gritaban Heil Hitler!, por miedo o por convicción, hoy se aprestan a alabar la democracia. Y aunque el pasado sigue ahí, en las mismas narices de uno, en las ciudades con sus heridas aún abiertas, en la total ausencia de nombres judíos, en la cantidad de nazis confesos volviendo a ocupar puestos de responsabilidad en grandes empresas y ministerios, la sensación de Eric es que la gente camina hacia un futuro distinto, con los ojos puestos en la que ya llaman Guerra Fría, con Berlín como escenario protagonista en este nuevo conflicto global. 

Y es inadmisible. Cuando los aliados entraron en Berlín, la población ya contaba con que todos, jóvenes y viejos, nazis y antinazis, tendrían que pagar por lo que había hecho su gobierno. Pero lo que no podían imaginar es que los aliados se dividirían en dos bandos y empezarían otra guerra utilizando como campo de batalla las ruinas de la capital de Alemania, predicando el odio también ellos, dividiendo hogares y familias. Y para reforzar sus posiciones, Estados Unidos rearma a los militares alemanes, a menudos ex-nazis, para convertirlos en fuerzas de choque contra los rusos, porque ¿quién puede luchar mejor contra los comunistas que aquellos que ya lo hicieron en el pasado? 

Esta es una historia de fantasmas. De fantasmas en una Alemania espectral que se debate entre el olvido y sus heridas. De fantasmas antiguos que se desvanecen cuando su misterio sale a la luz y de fantasmas nuevos que emergen bajo formas impredecibles. Y también, es una historia de humanidad y coraje contra la indignidad, una historia de amor contra el horror y una historia de identidad contra el olvido. 


miércoles, 12 de abril de 2017

PIEL DE COCODRILO

Cocodrilo, Lechuza y Luciérnaga son los animales más lectores de la sabana. Todas las noches se reúnen a la orilla del río para disfrutar de las historias de su libro favorito. Mientras todos los animales duermen, los tres amigos se pasan las noches enteras leyendo aventuras increíbles, y, al amanecer, se despiden para descansar y que Cocodrilo pueda volver a la seguridad del río. Un día, Elefante descubre a Cocodrilo echándose la siesta, con su hermosa piel dorada brillando al sol y corre a contárselo al resto de la manada. La piel de Cocodrilo despierta la admiración de toda la sabana y Cocodrilo se siente cada vez más importante, tanto que no teme contonearse al sol ante todos los animales para que le admiren en todo su esplendor. 

Y entonces sucede lo que nadie podía esperarse: el sol es tan fuerte que empieza a secar y cuartear la piel de Cocodrilo, cubriéndola de duras escamas marrones. Mientras los animales huyen despavoridos ante tamaña transformación, Cocodrilo se sumerge en el río, desesperado por volver a su antigua piel, lisa y reluciente, pero ya nunca podrá deshacerse de las enormes escamas que le han salido para protegerle del sol. 

Triste, ya nunca sale a la luz del sol, para no asustar con su aspecto al resto de animales de la sabana. Sin embargo, sigue saliendo cada noche, fiel a su cita con Lechuza y Luciérnaga, a las que no les importa el nuevo aspecto de su viejo amigo, para no perderse ni una historia de su libro favorito. 

Esta historia está inspirada en una leyenda africana. Una leyenda que intenta explicar el origen de la piel escamada y dura de los cocodrilos. Y también, por qué no, su reticencia a mostrarse a la luz del día. Nada conecta mejor con la imaginación de los niños que las explicaciones mágicas del origen de las cosas y los animales. Y en este cuento, el efecto se potencia con unas ilustraciones tan sugestivas que hasta los elefantes son capaces de contagiarnos un bostezo. O una risa. 



lunes, 10 de abril de 2017

VOLVER A CASA

Este relato nació de un viaje que la escritora Yaa Gyasi hizo a Ghana, país al que no había vuelto desde que cumplió dos años. Allí, en el Castillo Costa del Cabo, de donde partían los barcos negreros que transportaban esclavos para ser vendidos en Estados Unidos, un guía le contó cómo era la vida de los presos que algunas tribus indígenas vendían a los colonos británicos. 

Partiendo de esa experiencia, Yaa Gyasi ha creado una novela inmensa que abarca, en menos de 400 páginas, el relato de varias generaciones, desde el siglo XVIII hasta ahora. Hechos traumáticos que sucedieron a personas como nosotros, con nombres propios, con los mismos miedos y esperanzas. La primera parte tiene como protagonistas a dos hermanastras, de la misma madre y con padres diferentes: Effie, elegida por un gobernador británico para ser su mujer, y Esi, prisionera vendida como esclava en Estados Unidos, recorren experiencias que nos dejan marcados y dan respuesta a tantas preguntas sobre la identidad y el origen étnico.

La segunda parte se inicia en Estados Unidos con H, un descendiente de Esi, que, después de haber sido esclavo y conseguido la libertad, vuelve a ser hecho prisionero por una nimiedad y condenado a trabajos forzados en una mina de carbón de Pratt City, Alabama, la ciudad minera por excelencia. Cuando se eliminó la esclavitud los negros siguieron siendo sospechosos de cualquier crimen, hasta el punto que muchos apenas notaron los beneficios de la abolición. Hoy día siguen sin resolverse muchísimos problemas de racismo que tienen su origen en un episodio tan terrible como fue la esclavitud. Son datos históricos que sería muy conveniente que se estudiaran en los centros educativos para que los ciudadanos pudieran tener criterios en que apoyar sus actitudes cotidianas.

Hay libros buenos e interesantes. Este, además de bueno e interesante, es absolutamente necesario para conocer esa parte de la historia que no se ha difundido suficientemente, quizá para no tocar la conciencia de tanta gente descendiente de aquellos que hicieron de la vida de sus semejantes un verdadero infierno en la tierra.


jueves, 6 de abril de 2017

Nueva York en la literatura (IV): ¡CORRE, HOMBRE, CORRE!

"El corazón del modo de vida americano se saltó un latido que jamás podrá recuperar".
El latido de la convivencia. El latido de imaginar que el color de la piel o la cadencia de un acento no tienen por qué levantar fronteras de recelo. Un latido que hace que el país camine siempre medio cojo, doliéndose de la misma violencia, del mismo miedo.

Chester Himes es un gigante de la novela policiaca. Escribió diez libros protagonizados por dos detectives inolvidables, Coffin "Ataúd" Ed Johnson y Gravedigger "Sepulturero" Jones, todos ellos ambientados en el barrio neoyorquino de Harlem, y todos ellos con el racismo como tema central. A finales de los años sesenta, Himes emigró a España, huyendo de la discriminación racial de Estados Unidos, y murió en Alicante en 1984, no sé si reconciliado o no con la sociedad blanca que tanto le había maltratado por ser negro, pero desde luego dejando un legado literario a la altura de los más grandes escritores norteamericanos de novela policiaca.

Hoy os traigo una novela para leer con el corazón en la boca, no cómodamente arrellanados en el sofá sino al borde mismo del asiento, con todos los sentidos alerta y el cuerpo listo para levantarse y escapar a toda velocidad en el caso de que el asesino del libro logre saltar de las páginas y apuntar con su arma en tu dirección. Contiene una de las escenas de persecución más eléctricas y brutales que he leído nunca: un verdadero homenaje a la lectura compulsiva y también una denuncia feroz del racismo en Nueva York. 

Estamos en 1966 y un negro conduciendo un coche es un ladrón de coches en potencia. Un negro solo caminando por la noche sin duda se dirige o vuelve de algún trapicheo. Un negro que corre es porque huye tras haber cometido un delito. Un negro bien vestido seguro que trabaja en la mafia de Harlem. Un negro, esté donde esté y haga lo que haga, siempre es sospechoso de algo. Y los asesinatos de negros, al fin y al cabo, no son más que "rasguños en la piel de la ciudad", pequeñas molestias cotidianas que como mucho se investigan con desgana. Los negros, "ese pueblo perdido", siempre sirviendo, o robando o en la cárcel. Siempre con miedo de que sus vidas caigan en manos de algún blanco caprichoso (patrón, banquero, policía) que las convierta en un infierno. 

"El corazón del modo de vida americano se saltó un latido que jamás podrá recuperar". 

Al compás de ese latido perdido, Chester Himes escribió esta novela salvaje y desgarradora: un homenaje a Harlem, la herida abierta del racismo en Nueva York. 


Chester Himes




lunes, 3 de abril de 2017

EL HAMBRE

Si existiera un mago al que le pudiera pedir cualquier cosa, Aisha le pediría una vaca. A lo sumo, dos vacas. Sí, dos vacas. Con dos vacas ya no pasaría hambre. Sonríe mientras lo piensa. Un mago. Dos vacas. La tripa llena. La suya y la de sus hijos. Sonríe. Qué sueños. 
El hambre, y las enfermedades derivadas de ella, matan a unas 25.000 personas cada día. Y los que sobreviven se quedan sin la posibilidad de imaginarse distintos, de ver más allá de su horizonte de pobreza hasta que el mejor futuro posible son dos vacas. El deseo más grande que pedirle al mago: dos vacas. 

Casi todos pasamos hambre varias veces al día. Sentimos el hambre como una alerta, un aviso de la hora que es. Como mucho, una leve carencia que va a saciarse pronto. Tener hambre, para quienes tenemos asegurado el acceso a la comida, es algo inocuo, tan fácil de satisfacer como las ganas de orinar. Sabemos qué significa tener hambre, pero no qué significa pasar hambre. Decimos me muero de hambre y sonreímos ante la idea de la hamburguesa. Decimos 25.000 personas se mueren del hambre y sus enfermedades derivadas sin ser plenamente conscientes de que la primera acepción nada tiene que ver con la segunda. Que la palabra sea la misma es una comodidad del lenguaje. Una forma, también, de ocultar su significado, de normalizar una aberración evitable, de esconder, tras una palabra trivial que ha perdido la connotación de sufrimiento y muerte, uno de los escándalos criminales más devastadores de nuestro mundo. Debería existir otra palabra para los que mueren por el hambre. Su hambre no es la nuestra. Nuestra palabra está desgastada por el uso, manoseada, convertida en lugar común. Debería existir otra palabra. 

Se puede hablar y hablar sobre el hambre y no transmitir nada. Se pueden leer datos y difundirlos: la agricultura mundial podría alimentar a 12.000 millones personas, somos 7.000 millones y 900 pasan hambre, no es una fatalidad, es un escándalo. Se puede gritar que hay empresas y gobiernos que se lucran con el hambre de muchos de esos 900 millones y aun así no despertar más que un pasajero mosqueo, un emoticono de facebook olvidado a los dos minutos. Se puede decir que el tema no es el hambre, son las personas que lo sufren, pero seguimos sin entenderlo, sin sentirnos involucrados en el problema. Ya apenas vemos hambrunas en la tele, que si bien no conseguían oleadas de empatía, al menos ponían una imagen al sufrimiento de tanta gente. Apenas hay hambrunas, y sin embargo lo peor del hambre no son los desastres ocasionales provocados por una guerra, una sequía o un tirano. Lo dramático, lo que no aparece en las noticias porque no es novedoso, es la malnutrición estructural provocada por la burocracia y la especulación, por unos estados ricos que se encogen de hombros, como todos nosotros, protegidos por la terminología abstracta y sus despachos, mientras millones de personas enferman y mueren de hambre. La malnutrición estructural es crónica. No aparece en las noticias porque no es noticia. Pertenece a millones de vidas cotidianas. Y se puede evitar. 

La pregunta de Martín Caparrós es sencilla: "¿cómo carajo conseguimos vivir sabiendo que pasan estas cosas?"

Vivimos tranquilos. Preocupados por pequeñeces, incomodidades mínimas que agigantamos para sentirnos menos insignificantes. Para fingir que nos pasa algo. Pero no. Trabajamos. Comemos con la familia. Cenamos con amigos. Dormimos nuestras ocho horas. Desayunamos. Comemos. Comemos todo lo bien que elegimos comer. Y el hambre es una palabra. Seis letras. Un encogimiento de hombros, una duda (pasta o filete) que se resuelve abriendo la nevera. Y como no sostenemos la mirada de un niño famélico, como no entrevistamos a Aisha para escuchar su historia de las dos vacas, vivimos bien, con emoticonos de autoayuda en redes sociales. Tranquilos. Bien. 

Hasta que llega este ensayo, esta crónica personal, esta denuncia apasionada en forma de obra de arte literaria, y la palabra hambre explota. Se despoja de su disfraz, de las capas de significados superfluos y aparece ante ti, violenta y aterradora. Y explota. Explota en cada capítulo, en cada frase que duele y que quieres copiar para enseñársela a alguien, mira, mira, mira. Explota en cada dato, nombre, anécdota. Explota y sabes que ya no volverás a vestirla con los disfraces hipócritas y ofensivos de siempre. Explota. Y algo ha cambiado, una palabra nueva, una realidad nueva se abre paso en tu cabeza, el hambre ya es otra cosa, mucho más fea, mucho más insoportable, ahora el hambre golpea, ahora se mueve dentro de ti, busca, escarba y encuentra. 



miércoles, 29 de marzo de 2017

LA MUSA

Jessie Burton, nacida en 1982, estudió en la Universidad de Oxford y en la Central School of Speech and Drama, fue actriz y secretaria de dirección antes de dedicarse a la literatura. Su primera novela, La casa de las miniaturas, traducida a 36 idiomas, fue una historia de éxito por la que hay que darle la enhorabuena a esta joven escritora que promete muchísimo y que ahora nos regala su segunda historia, La musa.

Como me sucedió con La casa de las miniaturas, el inicio de la historia me sumergió en un relato ameno que parecía esconder misterios insondables y, a medida que estos van cogiendo velocidad, se convierten en una vertiginosa y apasionante trama que nos deja sin aliento.

La novela transcurre en dos escenarios y épocas distantes entre sí. El primero nos sitúa en 1936 en un pueblecito de Málaga, a inicios de la Guerra Civil. Un marchante de arte vienés, su mujer y su hija se establecen en una apartada casa, huyendo del nazismo. Olive, la hija, pinta y sufre la indiferencia de su padre creando un abismo que propicia una obsesión y una trama de mentiras con la connivencia de Isaac y Teresa, dos hermanastros republicanos, hijos de un terrateniente franquista. 

El enfrentamiento entre familias, el miedo al abuso de poder, la humillación y el castigo que sistemáticamente utilizaron los partidarios de la dictadura para torturar a las mujeres republicanas para que denunciaran a sus familiares, desnudándolas en el centro de las plazas, a la vista de todos los vecinos, rapándoles la cabeza y obligándolas a beber una botella entera de aceite de ricino, fueron hechos muy extendidos en muchos pueblos de España durante la Guerra Civil y Jessie Burton los describe de forma magistral y aterradora.

El segundo escenario es Londres en 1967. Odelle es una muchacha negra, llegada de Trinidad, a la que le gusta escribir y que consigue un trabajo en el Instituto de Arte Skelton a la vez que la protección de Marjorie Quick, un personaje que entraña muchos misterios. Una relación sentimental con Lawrie, propietario de un cuadro que llega a convertirse en el hilo conductor de acontecimientos que sucedieron treinta años antes en España, nos conduce a un apasionante y vertiginoso recorrido a través del amor y las obsesiones.

Una lectura estupenda para la próxima Semana Santa.




viernes, 24 de marzo de 2017

OFFSHORE

Yo quiero ser el comisario Kostas Jaritos. 

Quiero contemplar con estoicismo mediterráneo un atasco monumental y tranquilizar a mi mujer diciendo: "los pitidos son como la ropa unisex, valen para todos y en todas las ocasiones". 
Quiero que se me conozca por mi necesidad de investigar casos, más que por mi premura al cerrarlos. 
Quiero decir que la gran mayoría de los crímenes hoy en día tienen que ver con el dinero y que eso es resultado de la crisis y que si un inmigrante sin papeles ha cometido un robo con violencia para dar de comer a sus hijos no me siento bien cuando le pongo las esposas y lo mando al calabozo. 
Cuando la crisis remita y los sueldos aumenten, quiero preguntarme, mientras lo celebro con mi familia, de dónde sale ese dinero. 
Quiero sentarme a la mesa y rendir homenaje a los tomates rellenos que ha preparado mi mujer con la devoción propia de un místico en trance. 
Si me dan a elegir entre un ascenso o seguir saltándome las burocracias y las normas a mi manera, quiero elegir la segunda opción con una sonrisa. 
Cuando me planten bajo el bigote un expediente disciplinario por querer hacer bien mi trabajo, quiero llegar a casa y que mi mujer me reciba con un abrazo y un susurro: "estoy orgullosa de ti".
Quiero recorrer mi ciudad y detallar los nombres de las calles por las que paso con la delectación de un hombre recorriendo el cuerpo desnudo de su mujer. 
Quiero aprender de mis compañeros que "hay dos cosas que nunca deben mantenerse ocultas, en ningún caso: los muertos y los asuntos económicos turbios. El mundo sería un lugar pestilente si no enterramos a los muertos como es debido y si no aclaramos de dónde viene el dinero". 
Quiero que Grecia deje algún día de ser ese conejillo de indias usado para averiguar hasta qué punto un país y su población pueden soportar privaciones de todo tipo. 

Yo quiero ser el comisario Kostas Jaritos. 
Y vivir en los libros de Petros Márkaris, ese grande de la novela negra que triunfa diseccionando la corrupción y la avaricia de los que mueven los hilos de la crisis. 



martes, 21 de marzo de 2017

EN LAS NUBES (firma invitada)

¿Imaginas un mundo creado por la mente de un niño de diez años? Todos hemos sido niños y hemos tenido esa edad, pero a algunos ha podido olvidársenos ya la maravilla del tiempo a solas, tumbados en la cama imaginando todas las posibilidades que podrían llegar a ocurrir a nuestro alrededor. Eso es lo que le pasa a Peter Fortune, un niño cuyo apellido no creo que sea una mera coincidencia. Peter es afortunado por disfrutar de esa mente privilegiada que le hace convertirse en quien más quiere o a quien más detesta y hace que su forma de entender el mundo cambie.

Escrita con una agilidad insuperable, esta novela, un poco en la línea de las colecciones de relatos medievales que parten de un marco común y van desgranando una a una las historias, es un paseo por la infancia, la ternura y la ingenuidad. Su protagonista lucha contra sus fantasmas interiores a golpe de pensamiento e imaginación y recrea en su cerebro las historias mágicas, paralelas a la vida que nunca llegará a vivir. En definitiva, Peter hace con su mente lo que los adultos hacemos con los libros: vive otras vidas, cargadas, por supuesto, de más aventura y riesgo que la suya.

Ian McEwan consigue ponerse en la piel del joven Peter y usa una técnica y estilo inteligentísimos para ingeniar un narrador que está fuera y dentro del niño al mismo tiempo. Un narrador omnisciente a la altura de los mejores de la literatura clásica. Y su tono a veces irónico y cargado de humor puede entrecruzarse con uno más lírico y fantasioso. Un placer para los sentidos. Con todos estos elementos y la fuerza que le imprime a su protagonista, nos encontramos en un mundo donde una crema disolvente puede hacer desaparecer a nuestros padres, las muñecas de la habitación de la hermana reclaman un lugar prominente, convertirse en otro ser puede ser un acto cotidiano y capturar a un ladrón se convierte en una tarea de lo más simple.

Si un Peter Fortune se sentara hoy en día en los pupitres de nuestras aulas diríamos que tiene "déficit de atención". McEwan, sin embargo, nos dice que es un soñador (Daydreamer es el título original en inglés), un chico siempre en las nubes o que, como se permite preguntarse en la página final, quizá volaba. Esa es la maravilla del buen arte.

Esta es una lectura fácil y muy amena que recomiendo a adultos de espíritu joven que aprecien la buena literatura, pero especialmente a niños de entre ocho y doce años, que no tengan miedo a imaginar, que se dejen llevar por el mundo paralelo de Peter, su gato y toda su familia: un mundo plácido y feliz donde no hay más remedio que inventar historias que le den vidilla.


jueves, 16 de marzo de 2017

VIDAS OCUPADAS

Un día José Pablo García recibió una llamada con una propuesta surrealista: un técnico de comunicación de Acción Contra el Hambre le invitaba a pasar diez días con ellos en los territorios palestinos ocupados para empaparse de la situación que se vive allí y hacer un cómic "sobre la inseguridad alimentaria, la falta de agua y medios de vida de la población palestina". Con algo de miedo, aceptó. Y el resultado es este cómic sencillo y directo sobre un conflicto que empezó hace ya setenta años y para el que ningún político ha conseguido encontrar una solución. 

Israel es un país. Palestina no lo es. No lo es porque sus territorios están cercados por muros israelíes, separados entre sí por carreteras israelíes e invadidos por asentamientos de colonos israelíes. Cuando ocupan tu tierra, la tierra que habitas y que te da de comer, ocupan también tu vida. El derecho a la soberanía palestina es el derecho a una vida autónoma y libre para sus habitantes. El derecho a poder viajar por su país sin tener que sufrir la humillación de los continuos controles israelíes. El derecho a que no te desalojen por la fuerza de tu casa y que no la demuelan para construir asentamientos ilegales. El derecho a no ser sospechoso por tu color de piel, por tu acento o por tu lugar de nacimiento, a no vivir bajo la mirada escrutadora de un pueblo que coloniza tu tierra y te considera un enemigo en potencia por protestar por ello. 

Además de en Cisjordania, José Pablo García también viajó a Gaza, una de las zonas con mayor densidad de población del mundo. Muchos hemos visto los bombardeos de 2008, 2012 y 2014 por parte de Israel, que lleva bloqueando la franja desde el año 2001 y la ha convertido en un polvorín dependiente de la ayuda humanitaria. La mitad de sus casi dos millones de habitantes son niños, niños que han nacido bajo el bloqueo y que han crecido acostumbrados a las bombas, la muerte y la destrucción. En la última guerra, hace menos de tres años, unas 150.000 casa fueron parcialmente destruidas, 252 escuelas y 78 hospitales. Los palestinos gazatíes sufren continuos cortes eléctricos y disponen de poca agua potable. De hecho, muchos dedican hasta una tercera parte de sus ingresos a comprar agua, agua que proviene de los acuíferos controlados en su mayor parte por Israel. 

Tanto Palestina como Israel desean la paz. O, al menos, eso es lo que proclaman. Pero yo me pregunto, ¿qué tipo de paz pueden alcanzar los palestinos cuando una tercera parte de su pueblo vive hacinada, bloqueada y sufre bombardeos indiscriminados cada pocos años en el mayor gueto del mundo? ¿Qué tipo de paz si la intención de los israelíes es de hacer que sus asentamientos ilegales en Palestina proliferen como hongos? ¿Qué tipo de paz si el pueblo con el que tienes que pactar se complace en humillarte y tratarte como a un criminal desgraciado en cada control de carreteras?

Quizá José Pablo García también se haya preguntado estas cosas. Y muchas otras más. Por ejemplo: ¿cómo es posible que los palestinos sigan siendo un pueblo acogedor con los extranjeros? ¿que tras tantas décadas de sometimiento, sigan confiando en un europeo blanco con un cuaderno de notas que llega a sus casas y empiezan a disparar sin respiro miles de preguntas en inglés? 

En el vuelo de vuelta, el autor está pensativo. Su compañero de Acción Contra el Hambre comenta: 
"- Ha sido toda una experiencia, ¿eh?
- Mmmsí.
- Oye, ¿te ocurre algo? Estás pálido. 
- Esto, Max... ¡¿Pero cómo queréis que meta todo esto es un cómic?!"

Pues lo ha hecho. Y le ha quedado así de bien.




lunes, 13 de marzo de 2017

Nueva York en la literatura (III): NUEVA YORK: HISTORIAS DE DOS CIUDADES

Nueva York son dos ciudades. O diez, o cien. Pero al menos, dos. 

Una es rica y glamurosa, viste bien, va al teatro y se pasea por la Quinta Avenida como si las aceras llevaran alfombras rojas. Es un personaje estelar en las películas de Woody Allen, la literatura y el cine la miman sin pudor y se siente poderosa cada vez que se mira con orgullo en los escaparates de las calles de Upper East Side. Distinción y elegancia son sus máximas, y los botones y porteros lo saben cada vez que se quitan una mota de polvo de sus trajes. Vive a gusto, saciada de lujo y de sueños cumplidos. Se sabe reverenciada y codiciada, como una esmeralda en una vitrina blindada. 

La otra es sucia y huele mal, es malhablada, va al cine cuando puede y se pasea por el metro muerta de sueño, como sonámbula en pena. Cuando se ve en los escaparates se ríe sarcástica o aparta la mirada, perturbada por la visión de ese sueño americano que parece una blasfemia en ciertas zonas de Brooklyn o del Bronx. Resistencia y orgullo son sus máximas, aunque no siempre se pueda permitir el lujo de mostrarlas, sobre todo cuando toca elegir entre pagar el alquiler o hacer la compra semanal. Vive humillada, miserable, herida de pobreza. Se sabe despreciada y temida, como una amenaza difusa que nunca debería haberse hecho realidad. 

La frontera entre estas dos ciudades es cada vez más delgada y está hecha de esa maltrecha clase media que hasta los años ochenta protagonizó la gran explosión cultural de la ciudad y que hoy en día agoniza debido a los precios prohibitivos de la vivienda y las crecientes desigualdades sociales. Dos ciudades separadas por la herida de la desigualdad económica y social viven una junto a otra, incluso una sobre la otra, y cada vez es más difícil que se pongan de acuerdo para caminar en la misma dirección. 

A través de relatos escritos por treinta escritores neoyorquinos actuales (Dave Eggers, Edmund White, Zadie Smith, Jonathan Safran Foer, etc.), este libro propone la idea de que una convivencia más justa y equitativa es posible y que quizá haya que rescatar para la política ideas tan de sentido común (y que el neoliberalismo ha vuelto tan subversivas) como la necesidad de velar por el bienestar general y la importancia de la inversión pública en todos los sectores para tratar de frenar por todos los medios la galopante desigualdad. Todos los relatos son historias de amor (amor herido, amor furibundo, amor platónico) por Nueva York, pero uno en concreto me ha acelerado el pulso y las ganas de estar ya allí a descubrir sus calles. La ciudad transmite, con su vitalidad desbordante, una sensación de euforia, cuenta el relato. Uno vuelve de ella hiperestimulado por sus mil caras, por sus historias, con una mayor capacidad de experimentar la extraordinaria diversidad del mundo y sus posibilidades. 

Yo quiero una Nueva York así, una ciudad que sea como una amante generosa que tiene amor para todos. Que deje de vivir del espejismo de la especulación financiera y proporcione a sus habitantes viviendas y condiciones laborales dignas que les permitan disfrutar de todo lo que esta ciudad brutal y esplendorosa tiene para ofrecer. 



miércoles, 8 de marzo de 2017

MUJER EN PUNTO CERO

"Las mujeres creativas son más sensibles y conscientes de la coerción que les rodea, haciéndolas más vulnerables a la rabia, la preocupación y la neurosis que aquellas que los psiquiatras y las sociedades califican de "normales". Estas son capaces de conformarse con la opresión, pensando que es la voluntad de Dios quien hizo al hombre y a la mujer, asignándoles roles a cada cual, dictando que las mujeres se ocupasen de la cocina y la limpieza, y los hombres del pensamiento y la escritura."

Palabras textuales de Nawal el Saadawi en su libro Mujer en punto cero. Hablar hoy, 8 de marzo, de este clásico escrito en 1975 es el mejor homenaje que podemos hacer a tantas mujeres maltratadas y asesinadas. Este libro cuenta la historia de Fardous, nombre ficticio y personaje real, mujer ajusticiada en una cárcel de El Cairo por haber matado a su pareja, un proxeneta maltratador.

Fardous, la protagonista de esta historia, era demasiado inteligente, sensible y creativa para aceptar el rol que le habían asignado y, a pesar de pertenecer a una familia pobre y de no tener estudios avanzados, tenía una inteligencia natural para ver los significados de las cosas que sucedían a su alrededor. ¡Cómo sería su vida...! Desde el nacimiento sufrió a un padre abusador, luego a un marido violento y finalmente un engañoso novio convertido en proxeneta. En el libro declara que siente que la muerte le da la bienvenida como única manera de ser finalmente libre. Dice: "todos los hombres que he conocido me han inspirado un deseo: el de alzar la mano y dejarla caer con fuerza sobre su rostro".

La denuncia de Nawal el Saadawi continúa resonando, afortunadamente, en todo el mundo. Nació en el seno de una familia acomodada de El Cairo y muy joven sufrió la mutilación de sus órganos genitales. Estudió medicina en la universidad de su ciudad natal. Por intentar proteger a una de sus pacientes de la violencia doméstica fue trasladada. Más tarde accedió a la Dirección de Salud Pública pero fue despedida por el Ministerio de Salud por denunciar la ablación en Egipto. Entre 1973 y 1976 trabajó en la investigación de la neurosis en las mujeres en la Universidad Ain Shams y fue asesora de las Naciones Unidas para el Programa de la Mujer en África y de Oriente Próximo.

La polémica que suscitaban sus opiniones se volvió peligrosa para el gobierno egipcio, que decidió encarcelarla 1981. Diez años después tuvo que exiliarse a Estados Unidos por amenazas de muerte de los islamistas, trabajando de profesora en la Universidad de Washington. Desde 1996, año de su regreso a Egipto, sigue ejerciendo su activismo en favor de los derechos de las mujeres, especialmente mediante su obra escrita. Con 85 años sigue siendo una de las feministas más importantes de su generación.


Nawal el Saadawi




lunes, 6 de marzo de 2017

SABIAS

Este libro, tan deseado y necesitado por las mujeres que llevamos tantos años luchando por nuestros derechos, es mucho más de lo que su título sugiere. Es un recorrido pormenorizado por la vida de algunas de las mujeres que, desde la civilización sumeria hasta el siglo XX, han contribuido al desarrollo de la ciencia y cuyo trabajo ha sido a menudo silenciado precisamente por ser mujeres.

La sacerdotisa, poeta, astrónoma y escritora Enheduanna es la primera mujer retratada. De la cultura sumeria, vivió entre los años 2300 y 2225 antes de nuestra era. En esa etapa tan lejana las mujeres trabajaban como doctoras, alfareras, tejedoras, cerveceras, participando en la construcción de canales y tareas agrícolas. También eran dueñas de su dote y podían tener propiedades. (Parece increíble que durante tantos siglos después nos quitaran todos esos derechos que en aquella época teníamos). La información que tenemos de Enheduanna ha sido posible gracias a las excavaciones que se hicieron en la ciudad de Ur buscando la ciudad natal de Abraham. Los vestigios encontrados permitieron conocer textos de la que, en 1968, historiadores holandeses calificaron como el "Shakespeare de la literatura sumeria" y fue más de un milenio antes de La Iliada. Ella era la máxima autoridad religiosa y dirigía la organización y la recogida de las cosechas y la fabricación de la cerveza, además de ser escritora.

Otras dos mujeres sobresalientes de la Antigüedad son Aspasia de Mileto e Hipatia de Alejandría. La primera fue maestra de Sócrates, modelo del escultor Fidias, compañera de Pericles, filósofa, quizá la mujer griega más famosa de la Antigüedad, fascinó a los hombres más brillantes de su época y abrió una escuela para niñas y jóvenes en Atenas. Hipatia, matemática, astrónoma y filósofa, defendía el poder de la razón y el conocimiento frente a los abusos de la fe y fue admirada y venerada por todos los que la rodearon. Su brutal asesinato a manos de los cristianos liderados por Cirilo puso fin a la posibilidad de tolerancia y coexistencia pacífica entre religiones, y fue el triunfo del fanatismo cristiano que veía en la ciencia y la razón un ataque a su forma de entender el mundo. Cirilo, como premio a la brutalidad que ejerció, fue santificado y todavía en 2007, Benedicto XVI alababa su "defensa de la fe". No sería ni el primero ni el último asesinato ordenado por una autoridad eclesiástica a lo largo de la historia.

Dando un salto en el tiempo, nos plantamos en la época de la Reforma luterana y la autora nos cuenta cómo los países protestantes propiciaron una revolución científica que los católicos, como España, con la Iglesia como guardiana de los dogmas, se encargaron de eliminar. El retraso en materia científica que todavía arrastramos se inició cuando en lugares como Alemania o los países nórdicos se desarrollaban gremios de artesanos y comerciantes, base de la prosperidad, y se daba alfabetización a las niñas para que pudieran leer la Biblia.

Otra mujer controvertida, de la que en este libro conocemos detalles poco divulgados, es Isabel la Católica. Adela Muñoz nos desvela una parte positiva de Isabel. Para ofrecer a sus hijas la mejor educación se rodeó de un grupo de mujeres cultas a las que se llamó "Las niñas sabias de Isabel I". Entre ellas se encontraba Beatriz Galindo, la Latina, maestra, camarera y su "consejera más querida", como la llamaba la reina. Sus cuatro hijas fueron las princesas más cultas de Europa. Todo lo bueno lo sofocó la Inquisición expulsando a los judíos, luego a los moriscos, e incluso atacando a Nebrija, protegido de los reyes, sólo por señalar errores de traducción en la Biblia admitida por Roma.

Otros ejemplos son la Marquesa de Chatêlet que, aunque fue conocida por ser la amante de Voltaire, a los 12 años ya hablaba seis idiomas, conocía literatura de todas las épocas, tocaba el clavecín y era soprano y actriz; Caroline Herschel, astrónoma; Mary Wollstonecraft, madre de Mary Shelley y autora de Vindicación de los derechos de la mujer; Flora Tristán, temeraria y romántica justiciera, una de las primeras feministas, abuela de Paul Gauguin; Emily Davison, sufragista arrollada por un caballo de carreras, símbolo de la lucha por el voto femenino; Marie Curie; Concepción Arenal; Rosalind Franklin; Kathleen Lonsdale y muchas más.

El libro incluye un apartado especial para las mujeres españolas de la Segunda República y un dato que llama mucho la atención: en el año 2017, cuando ya por fin todas las universidades aceptan en sus aulas a las mujeres, todavía queda una excepción: el Colegio de España de Bolonia todavía sigue excluyéndonos. El cardenal Gil de Albornoz, fundador del Colegio en 1364, dijo en su fundación: "la mujer es cabeza del pecado, arma del diablo". Una vergüenza que sea nuestro país el que todavía mantenga esta abominación.




sábado, 4 de marzo de 2017

EL LIBRO DE GLORIA FUERTES

Querida Gloria, qué grande eres. Hace casi veinte años que te fuiste y nunca has estado más cerca de la gente, de la emoción chiquita de los que nunca te conocieron y ahora te descubren, te saborean, te aman. Durante años te quedaste reducida a la broma, a la ocurrencia graciosa de las baldas de libros infantiles, diminuta y divertida compartiendo chispas de ingenio con los más pequeños. Y ahora este libro te devuelve a las estanterías de todos, a las de la poesía desgarrada y social y loca y llena de amor que siempre fueron tu casa. Qué suerte, Gloria, este libro. Qué suerte y que gustito debe de dar saberte tan querida por tanta gente, después de tantos años. Un libro que no es solamente un libro, sino cientos de poemas, decenas de fotos, recortes de prensa, anécdotas de tu vida, reproducciones de tus dibujos y hasta un cómic homenaje de 16 páginas para decirte que te quieren. Y que lo que hiciste en tu vida merece todos los homenajes, empezando por este. 


En este siglo XXI que no llegaste a ver, los ayuntamientos te dedican calles y plazas; sin embargo la sociedad no siempre te rindió honores. Primero por ser mujer, después por tu clase social y finalmente por tu fama, nunca tuviste una vida fácil. Para los demás la poesía era un lujo, o una huida, o un arma, mientras que para ti era un abrazo y un descubrimiento, el placer de esas cosas que deberían ser obligatorias. Te gustaba jugar con fuego, porque el juego era lo importante, y estuviste al borde de tantas cosas que es un milagro que siempre consiguieras quedarte a este lado de la risa. Amaste y perdiste, jugaste y te la jugaron, y lo contaste de tal forma que nuestras derrotas, a la sombra de las tuyas, se sintieron siempre de alguna forma acompañadas. Defendiste el amor libre, el pacifismo, el feminismo, el ecologismo y todas tus luchas parecían tan sencillas, tan de sentido común, que cuesta entender cómo podía haber alguien que no quisiera unirse a ellas. 

Este libro es un regalo, Gloria, uno de los regalos más bonitos que podían hacerte. Más que una antología, es un álbum de recuerdos, un intento de reconstrucción de una vida, tu vida, que siempre se escapó conscientemente de cualquier definición. Y aunque tu intimidad siga estando a la sombra, protegida de ojos indiscretos, aunque sigamos sin saber si tenías seis mesas o ninguna, o si amaste a tres mujeres o a cincuenta, tu nombre está en nuestros mapas y tu voz en libros que ningún olvido va a conseguir descatalogar. Te has convertido, calladita y sin saberlo, en la mejor amiga de escritores que no te conocen y en el paradigma de muchas luchas bonitas, como la que celebramos cada 8 de marzo. Este libro es delicioso, Gloria. Y está lleno de amor, como tus poemas. También está lleno de guiños, de juegos y de escondites, de rebeldía pura y de sencillez cálida. Y tú estás en él. Como en la geografía urbana. Como en quienes te leemos cultivando alegrías. Como en la emoción chiquita de toda esa gente con la que nunca te cruzaste y que ahora te admira, te comparte y te ama.



jueves, 2 de marzo de 2017

QUERIDA IJEAWELE. CÓMO EDUCAR EN EL FEMINISMO (firma invitada)

Desde el privilegio que supone estar ante decenas de chicos adolescentes varias horas al día cada día, me pregunto muy a menudo cómo puedo hacer para conseguir que se conviertan en mejores personas: seres con pensamiento crítico, ideas propias y opiniones con un punto de partida profundo, de amplias miras y respetuoso con el mundo. Es casi más importante para mí servir como ejemplo de todas estas cosas que como mera transmisora de unos conocimientos que, hoy en día, están al alcance de un click.

Personalmente, me posiciono desde la justicia y el feminismo. Mis alumnos saben que me rijo por ideas de igualdad entre todas las personas. Y desde esa convicción doy mis clases. Y los trato con el mayor respeto del mundo, deseando interiormente que también ellos busquen ese ideal de igualdad y respeto en su día a día y para sí mismos y su entorno.

Parece que Chimamanda Ngozi Adichie también se rige por este principio fundamental, el del feminismo. Lo hemos visto en sus novelas y sus manifiestos feministas y nos congratulamos con la publicación en castellano de este pequeño librito, del estilo de Todos deberíamos ser feministas, en el que la autora nigeriana enumera quince sugerencias para educar en el feminismo. La excusa del libro es la petición de una amiga de que le enseñe a educar desde el feminismo a su hija recién nacida. En la introducción del libro la propia Chimamanda dice que ella misma intentará seguir estos consejos en la crianza de su hija. 

Chimamanda Ngozi Adichie
Todos deberíamos ser feministas y todos deberíamos educar en el feminismo. No hacer distingos de género ni en los trabajos, ni en las aficiones, en los modos de vestir ni en las tareas a realizar. En palabras de Adichie, "saber cocinar no es un conocimiento preinstalado en la vagina". Además, para educar en el feminismo hay que evitar los feminismos light que siguen manteniendo un sometimiento velado al patriarcado. Educar en el feminismo significa educar en la plenitud, en el reparto de responsabilidades entre mujeres y varones, en el fomento de la lectura, en el cuestionamiento del lenguaje, a través del cual se nos escapan ideas y prejuicios aprendidos y heredados. Educar en el feminismo es desechar la vergüenza a la sexualidad o al desnudo instalada en muchas mujeres desde generaciones, y no legársela a nuestros hijos. Educar en el feminismo es aprender que feminismo y feminidad no se excluyen y transmitírselo así a los que vienen. Educar en el feminismo es, en definitiva, educar en el respeto, en la igualdad y en el sentido común.

Con un lenguaje fresco, directo y cargado de anécdotas personales, Chimamanda le da a su amiga Ijeawele y a todos los padres del mundo las mejores sugerencias para criar y colocar en la sociedad a ciudadanos plenos, libres, amables y con una marcada conciencia de que a pesar de que las diferencias existen, hay que tender siempre al acercamiento. Este librito, con una marcada ambientación nigeriana, tiene la extraordinaria cualidad de trasmitir un mensaje universal.



lunes, 27 de febrero de 2017

LA CASA. CRÓNICA DE UNA CONQUISTA

Me encanta viajar. Recorrer lugares desconocidos; llegar lejos, en kilómetros y en costumbres; aprender nuevas formas de vivir, de nombrar cosas, de mirar o de comer. Y en todo el proceso, sentir cómo se tensa ese hilo flexible de la distancia que me une a mi casa, al interior de esas cuatro paredes que llamo hogar y que me sustenta y me define como persona. 

Me encanta viajar. Pero una de las partes que más disfruto de los viajes es el regreso. Anticipar la conocida forma de mi almohada, el tacto rugoso de la madera del suelo en mis pies desnudos o la forma en que se balancean, tras el cristal de la ventana de mi cocina, los árboles del parque. 

La casa como raíz.
La casa como refugio permanente ante cualquier problema. 
La casa como reducto inviolable de intimidad. 
La casa como conquista. 

Pero no siempre fue así. La idea de que una persona corriente pudiera vivir en una casa el tiempo necesario para considerarla suya no se generalizó hasta el siglo XVII. Hasta entonces, la mayoría de la población cambiaba tan a menudo de vivienda que no se imaginaba la posibilidad de establecer un vínculo de ningún tipo con ella. Incluso los propietarios de larga duración solían considerar sus casas lugares donde comer y dormir: la vida diaria se articulaba fuera: en los trabajos, en las calles, siempre en comunidad. Los ricos, por su parte, utilizaban sus casas para presumir, para exhibirse, las compraban y vendían como caballos de carreras: eran formas de demostrar poder o inversiones que rentabilizar.

A principios del siglo XVII, Amsterdam florecía gracias a su comercio y se convirtió en el paraíso de la incipiente burguesía. Sus férreas leyes urbanísticas propiciaron trazados coherentes, casas al alcance de muchos bolsillos (bolsillos enriquecidos por el comercio, eso sí) construidas para durar. No solamente su prosperidad atrajo a gente de todos los lugares, cultos y condiciones, en una época en la que la tolerancia no era la principal virtud de los demás países: Amsterdam propició que la gente se enamorara de sus casas. Y, al igual que la mayoría de sus fachadas y paredes, es un amor que se mantiene intacto, tal y como sus habitantes lo concibieron. 

Amsterdam en 1611 es solamente uno de los capítulos de este cómic grandioso, en contenido y en peso. La intención de Daniel Torres al iniciar este proyecto era tremendamente ambiciosa: hacer una historia de la relación entre las personas y su casa para descubrir en qué medida esta define nuestra forma de ser. Una historia que empezara en el Neolítico y terminara hoy en día, y que combinara personajes de ficción, textos históricos, tramas intrigantes y planos urbanísticos encuadrados en una asombrosa variedad de estilos de ilustración para dar una idea global, exhaustiva y amenísima de lo que significa la idea de hogar en nuestras vidas. El resultado es una obra de arte apabullante, espectacular, inabarcable. 

Las casas guardan nuestros secretos. Todo lo que no decimos, todo lo que no está escrito lo saben nuestras cortinas, nuestra cama, nuestro sofá. Cuántas veces no habremos oído aquello de "si estas paredes hablasen...". Pues bien, este libro es su voz. Y tiene todos sus secretos. 



jueves, 23 de febrero de 2017

Nueva York en la literatura (II): CLAROSCURO

El primer placer que provocan los libros de la editorial Contraseña es táctil y visual, por la calidad del papel y el diseño de sus portadas. Luego, en el caso de esta novela, el placer aumenta por dos potentes razones: la primera es su calidad literaria, su exquisitez, un drama espléndido sobre la identidad y la fuerza de los deseos, y la segunda razón que a mí me ha cautivado, en esta historia escrita en 1929 y traducida por primera vez al castellano en 2011, es el tema de las complejas circunstancias raciales.

El ambiente de la novela es el de la clase social media-alta en New York a principios del siglo XX, y las protagonistas son dos mujeres de raza negra pero que, por esas carambolas genéticas no tan infrecuentes, tienen la piel prácticamente blanca. 

Irene Redfield, una de las protagonistas, a pesar de su piel blanca decide integrarse en la comunidad negra y casarse con un médico afroamericano. En cambio, su compañera de instituto, Clare Kendry, aprovechando la muerte de su padre negro y la circunstancia de que los familiares que le quedan son blancos, decide ocultar su identidad racial y se casa con un rico hombre de negocios, racista en extremo.

Doce años después de haber compartido aula, un reencuentro casual une a las dos amigas y Clare siente la añoranza de reencontrarse con los de su raza pero las cosas no son nada fáciles y la complejidad de la trama, recreada con un intenso realismo, desemboca en un inesperado y sorprendente final.

Nella Larsen introdujo a nuestro Federico García Lorca en los círculos de Harlem, la zona donde se reunían los negros especialmente para cantar y expresarse a través del jazz y donde Lorca halló inspiración para su obra Poeta en Nueva York.



 

lunes, 20 de febrero de 2017

UNA LIBRERÍA EN BERLÍN

Nunca serán suficientes los testimonios de los que vivieron los años veinte y treinta en Alemania, una época que necesita un análisis profundo y una reflexión interiorizada para que nunca vuelva a suceder.

Françoise Frenkel fue una polaca judía nacida en 1889 que, enamorada de la cultura francesa, estudió en París y descubrió que su vocación era la de ser librera. Buscó diversas ciudades donde establecer su librería y se decidió en 1921 por Berlín, donde por muchos años La Maison française, su librería, se convirtió en un referente donde se daban conferencias, conciertos, tertulias, se vendía y compartía prensa internacional y donde disfrutó de un gran prestigio.

Llegó la década de 1930 y el virus del Nazismo expezó a extenderse como un veneno. En 1939, Françoise Frenkel se vio obligada a cerrar la librería y empezó su viaje para huir de la persecución judía, primero a París y más tarde al sur de Francia, donde se vio acorralada. Lyon, Aviñón, Vichy, Niza, Annecy, Grenoble y Saint Julien fueron los lugares por los que pasó en su huida de los nazis antes de alcanzar Suiza después de tres intentos fallidos y un paso por la cárcel. "Aquella noche comprendí por qué había podido soportar la agobiante atmósfera de los últimos años en Berlín... Yo amaba mi librería como una mujer ama, con verdadero amor".

Son muchos los testimonios de aquella barbarie pero cada mirada es diferente. Poco tienen que ver el de Lion Feuchtwanger en Los hermanos Oppermann con el de Primo Levi en Si esto es un hombre, por citar algunos de los mejores. La experiencia de Françoise Frenkel, que, a pesar de tantas dificultades, vivió hasta 1975, es la voz y la emoción de una mujer bondadosa y valiente cuya determinación la ayudó a evitar el final trágico que alcanzó a millones de personas. 

Escrito en Suiza con una gran brillantez, destacan los personajes que le prestaron ayuda. Y no sólo a ella: fueron muchos, muchísimos los que lúcidamente no aceptaron las órdenes nazis sin más y a pesar del riesgo que corrían, se arriesgaron en ayudar. Aunque lamentablemente, los otros, los obedientes cómplices de la barbarie, fueron muchos más, demasiados para impedir que el genocidio se llevara a cabo.

En 1945, una pequeña editorial suiza ya desaparecida publicó este libro y ahora Patrick Modiano lo ha prologado en una nueva edición. Una joya para disfrutar y añadir a la lista de obras maestras literarias sobre esta época convulsa que el siglo XX nos ha dejado.



jueves, 16 de febrero de 2017

FELICIDAD FAMILIAR

La familia, ese hogar. 
La familia, esa cárcel. 
La familia, ese cálido seno que te acoge y protege de los que no te conocen. 
La familia, ese club de opresores que nunca deja de exigirte y de juzgarte.

La familia, para bien o para mal, es el universo alrededor del cual orbita la vida de la mayoría de todos nosotros. Y también la de Polly, protagonista modélica de esta novela, para quien su familia lo es todo, el principio, el futuro y el pasado, "la argamasa que mantiene los ladrillos unidos", la vida misma, sin un centímetro de más, la que "une las ideas afines y da a las desemejanzas una causa común: proporciona refugio y esperanza". La familia lo es todo, la suya y la que forma con su marido y sus dos hijos, armónica, ideal, un ejemplo a seguir, un modelo que admirar y esforzarse por copiar. 

Polly es una treinteañera neoyorquina perfecta: no sufre cambios de humor, no es testaruda ni dada a las extravagancias. Su marido es un abogado brillante y sus dos hijos son encantadores. Su vida transcurre plácidamente por los senderos conocidos de la entrega y la previsibilidad hasta que un día, sin saber cómo, se enamora locamente de Lincoln, un pintor algo bohemio, y su vida estalla en pedazos.

No sabe qué ha pasado. Intenta despertarse de la conmoción y reconocer el fallo pero no lo encuentra. Hasta entonces, "su papel no consistía en ser elogiada, sino en elogiar; no en ser distinguida, sino en distinguir. Su excelencia se consideraba normal y corriente". No estaba acostumbrada a los elogios ni a que la amaran sin más, por lo que ella era, sin tener que dar algo a cambio, sin el vínculo familiar de la sangre y la pertenencia. Polly estaba, sin saberlo, sedienta de amor, sedienta de que la miraran no como alguien que provee felicidad, sino como alguien que simplemente la merece. Quizá su marido y ella habían encajado tan bien desde el principio, habían estado tan de acuerdo en sus ideas preconcebidas, en sus gustos e ideales, que no se habían dado cuenta de que bajo su perfecta vida conyugal llevaba años fraguándose una infelicidad hecha de pequeñas decepciones, de minúsculas frustraciones que hasta entonces no habían tomado cuerpo porque carecían de voz y de nombre. El enamoramiento de Polly les da un nombre, pone palabras a sus emociones: descubre, perpleja, su propia infelicidad como quien descubre en su propia casa "un sótano infestado de ratas". No duerme, se le olvidan las vacaciones de sus hijos, responde mal a su madre, se impacienta, vive en un estado constante de emergencia, y la ansiedad, piensa, es "como una bandada de pájaros posados en una cable telefónico. Cuando se acerca gente echan a volar y cuando la gente se aleja vuelven dando saltitos". 

Laurie Colwin

No sé muy bien cómo Laurie Colwin (1944-1992) consiguió convertir una historia tan sencilla, tan insignificante de tan conocida, en esta pequeña obra maestra. Es una historia banal, sucede desde el inicio de los tiempos: mujer que se cree feliz descubre, mediante el amor, que la felicidad verdadera estaba en otra parte, y no precisamente en ese nuevo amor. Shakespeare ya lo hacía: tomaba pasiones mundanas, las sacaba del barro cotidiano y las convertía en arte universal. Y esta autora, uno de los secretos mejor guardados de la literatura norteamericana, lo consigue de una manera maravillosa. Su prosa es elegante y aguda, con un tono irónico delicado y chispeante. Hay luz en todo lo que cuenta, hasta en los momentos más dolorosos, hasta en los sótanos llenos de ratas. Escribe sobre la felicidad con una sencillez que desarma, de una manera grácil, volátil y encantadora. ¿Es un libro feliz? No, desde luego. O sí, a su manera. Lo encantador también puede ser triste. Y lo grácil, desgarrador. Tiene la rara habilidad de encontrar la palabra exacta para cada sentimiento, una perspicacia emocional deslumbrante. 

Felicidad familiar es una gran reflexión sobre lo que significan las familias en la vida moderna. En cómo a menudo sus rutinas y obligaciones nos protegen a la vez que nos ahogan, cómo sus necesidades nos salvan de las horas muertas, del peligro de no tener nada que hacer más que pensar en los propios problemas, y cómo también pueden convertirse en callejones sin salida con sus juicios e imposiciones. Las familias como planetas exclusivos alrededor de los que orbitamos. Como úteros acogedores que nos nutren de vida y de los que no podemos salir sin causar destrozos.


lunes, 13 de febrero de 2017

LOS HOMBRES ME EXPLICAN COSAS

"¿Has leído este libro? ¿No? Pues no sé qué haces ahí sentado, es indispensable para entender todo eso que los jóvenes no entienden".

"¿Recomendando libros de feminismo? ¡Pero si eres un hombre!"

"He visto que tienes varios libros sobre la guerra civil, pero ¿tú sabes que esos libros mienten? Mira, te voy a decir los libros que tienes que leer para que no te manipulen, toma nota, anda".

Y todo esto pronunciado por hombres con un tono que oscila entre una resignada indignación por mi supina falta de conocimientos y la amable condescendencia que uno emplearía con un niño de siete años para preguntarle por sus clases de flauta. 

Así todas las semanas, al menos una vez. En medio de un sinfín de gente amable e inteligente que no necesita ir soltando ponencias a desconocidos para sobrevivir, algún hombre (casi nunca una mujer) me lee la cartilla sobre los temas más peregrinos. Es un hecho muy extendido, no me ocurre sólo a mí. De hecho, lo sufren mucho más las mujeres. Le ocurrió a mi madre todos los días durante años hasta que alcanzó la pericia necesaria (y la sabiduría que da la edad) para sortear a los pontificadores. Ocurre tanto, y es un hecho tan cotidiano, que Rebecca Solnit ha escrito un libro para explicar este fenómeno tan molesto que parecería una tontería, un micromachismo más, si no estuviera en el origen de la opresión de las mujeres ejercida por los hombres.

Aquí más de uno saltará: "pero no todos los hombres pontifican ni oprimen a las mujeres". Por supuesto que no. Menos mal que no. Pero, al igual que la violencia masculina es mayoritaria y la femenina anecdótica, muchos más hombres que mujeres se consideran legitimados para dar lecciones a diestro y siniestro, a menudo sobre temas de los que no tienen ni idea. Y se basan, además de en su soberbia y su total incapacidad para detectar su propia ignorancia, en la histórica actitud sumisa de las mujeres que les escuchan, atenazadas por una sociedad que siempre les ha dicho que sus opiniones tienen menos valor y son menos fiables que las de los hombres. Hasta los años setenta, en Europa y en Estados Unidos, la violencia doméstica, la violación y el acoso sexual no se tomaron en serio como delitos. Hasta entonces sus testimonios no se consideraban en absoluto igual de válidos que los de los hombres. Es decir, hace menos de cincuenta años, a las mujeres apenas se las consideraba seres humanos desde un punto de vista jurídico. Y si no existes con pleno derecho ante la ley, no existes con pleno derecho en la sociedad. 

Este es un libro contra la arrogancia masculina que dice a millones de mujeres en todo el mundo que ellas no son testigos fiables de sus propias vidas, que sin duda tienen menos conocimientos, que deben ser supervisadas y tutorizadas por los hombres y que la verdad de lo que les suceda no les pertenece ni les pertenecerá jamás. Contra esa mirada petulante de los hombres cuando aprovechan cualquier ocasión para subirse a su púlpito imaginario, "con los ojos fijos en el lejano y desvaído horizonte de su propia autoridad", para instruirte sobre aquello que parece que no sabes. Contra esos hombres que piensan que la violencia contra las mujeres está pasando a la historia y ya no es un problema. Contra esos hombres que no saben o no quieren saber que hoy en día cada nueve segundos una mujer es agredida físicamente por un hombre en Estados Unidos, que los cónyuges masculinos son la principal causa de muerte en las mujeres embarazadas o que las mujeres entre los 15 y los 44 años tienen más posibilidades de morir o sufrir lesiones a mano de sus parejas masculinas que debido al cáncer, los atracos y los accidentes y tráfico juntos. 

Rebecca Solnit
Pero sobre todo, este es un libro, como tantos ensayos, novelas, poemarios y manifiestos feministas, a favor del respeto y la igualdad. Porque este tipo de discursos en los que los hombres hablan y las mujeres escuchan son la base de la discriminación de género y uno de los modos más extendidos de silenciar, despreciar y aniquilar la posibilidad de que las mujeres participen en el mundo con los mismos derechos y posibilidades que los hombres. En todos los ámbitos se dan estos discursos. En la librería, en el colegio, en reuniones de trabajo, en una cena, con amigos, parejas, familiares, compañeros. Rebecca Solnit propone que cambiemos esa dinámica. Digámosles a esos hombres (y a las pocas mujeres que actúan como ellos) que su paternalismo los vuelve petulantes, ignorantes y soberbios. Que impiden el respeto y la comunicación saludable entre las personas. Que dan vergüenza ajena. Que son risibles. Que no nos interesa su blablabla. Que si su discurso nos silencia, no merecen ser escuchados. 

La realidad se cambia desde el lenguaje. Las palabras nos encarcelan o nos hacen libres. Los hombres que nos explican cosas sin que se lo hayamos pedido encarnan la violencia tradicional con la que las mujeres son censuradas por exigir tener voz, poder y el derecho a participar en igualdad. Es un problema de derechos humanos y de buena educación y sucede en nuestro día a día, en todos los lugares. Pongámosle remedio.